Imperio Fallido

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La guerra civil electoral-cultural estadounidense ha terminado. Nuevamente las encuestas y las predicciones de analistas profesionales evidenciaron un desacople notable con lo verificado en la realidad. Sólo puede conjeturarse si se trata de déficits metodológicos, sujetos evasivos en las respuestas, mala fe en la confección y publicación de los datos, o una combinación de estos y otros factores en diversos casos.

Con la presidencia de Trump no sólo están comprometidos los consensos amplios que invariablemente fueron sostenidos por los dos principales partidos políticos.  El electorado en su mayor parte cuestiona la expresión que adquirieron los elementos fundantes y distintivos de la democracia americana. Ninguna duda cabe acerca de los beneficios que las políticas públicas promotoras y defensivas del sistema vigente han generado en los sectores más ricos y, por ello, influyentes de la población. Las reformas propiciadas por Obama no alcanzaron para convencer a los excluidos de la concentración de riqueza y poder experimentada en las últimas décadas, para que brinden una nueva oportunidad a una ingeniería política e institucional diseñada para asegurar una primacía global y la expansión de corporaciones multinacionales, antes que una sociedad justa e igualitaria.

En particular, la decisión gubernamental de aplicar recursos públicos a favor de las grandes industrias y, especialmente, de las entidades financieras responsables de la recesión del 2008 que hundió el poder adquisitivo y despojó de viviendas a millones de ciudadanos, sedimentó una creciente convicción acerca de los verdaderos agentes que dominan la economía nacional y el aparato gobernante. En rigor de verdad, esto fue sólo el elemento catalizador, el problema es sistémico. Donald Trump lo comprendió con mayor sagacidad que políticos profesionales con experiencias de décadas.  Advirtió la potencia de un descontento imparable. Pudo actuar sobre esta insatisfacción prometiendo cambios esenciales que liberaran un sistema bueno pero capturado, no obstante prefirió profundizar el descreimiento y el malestar, acusando grietas y traiciones definitivas. Es posible que haya detectado la inutilidad de cualquier tipo de promesa correctiva, que la demanda en boga en el mercado electoral era por rompimientos y reformateos a fondo.

Con un error que no está lejos del prejuicio, sectores progresistas y liberales enfatizaron la falta de educación de los simpatizantes de Trump, sólo así comprenden que alguien tan desfachatado pueda despertar adhesiones. La cosa es más compleja, y responde a una picardía estratégica que el nuevo presidente electo supo explotar: la incorrección política y los pronunciamientos contradictorios, muchas veces abiertamente estúpidos, eran la prueba más acabada de su desconexión con cualquier cortesía artificial, característica de los detestados establisments. ¿Misógino?, ¿racista?, ¿mendaz?, ¿ignorante? Tal vez todo eso y mucho más, pero innegablemente auténtico.

La jornada de hoy amanece amarga e incierta en muchos dirigentes norteamericanos. Es factible, irónicamente, que muchos demócratas celebren no integrar una dirigencia republicana victoriosa, que en gran medida no acompañó la candidatura del magnate populista, cuando no la boicoteó explícitamente. Nada le debe Trump a ellos, y lo saben. Con seguridad, Barack Obama atraviesa uno de sus peores momentos. El aún ocupante del Salón Oval está meditando muchas cosas: cómo explicará su legado, qué redactará la historia al respecto. ¿Pero es justo afirmar que hay un innegable antagonismo entre el primer afroamericano en acceder a la Casa Blanca y el primer animador de un reality show en lograr lo mismo?

Los electores de los Estados Unidos de América en ambas situaciones informan atrevimientos disruptivos, señales claras de búsqueda de actores visiblemente diferentes a lo tradicional, a lo rutinariamente gobernante. El hecho de que los adherentes de Trump lo sean también de un ideario nativo y conservador no elimina su disposición disruptiva, en todo caso aporta un nueva paradoja.

La paradoja principal, sin embargo, es la línea subterránea que da coherencia a la elección de alguien como Obama y, a posteriori, la de alguien como Trump. Lo primero fue aprobado con plural y cosmopolita algarabía, lo segundo consterna con temores progresistas. Tal vez Obama no fue un punto de feliz evolución inclusiva en la sociedad imperial, como tampoco tiene que ser Trump el signo de una declinación irremediable. Es dable conjeturar que uno y otro encarnan las demandas de auxilio y de genuina alteración de un orden excluyente, que emergen de un Imperio cuyas fallas domésticas no pueden ser en adelante simplemente desatendidas. Lo peor no es Donald Trump, lo peor es alguien peor que Donald Trump.

Foto: EFE

 

Fredes Luis Castro

Autor

Fredes Luis Castro

Abogado, ha cursado estudios de posgrado en Derecho en la Universidad de Palermo, de Administración Pública en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires y de Relaciones Económicas y Negocios con Asia del Pacífico e India en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Publica en medios nacionales e internacionales y escribe regularmente en el sitio web Shushwap. Asesor de distintos legisladores de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina desde el 2006 hasta la fecha.

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