Causas de la creciente tensión irano-estadounidense y perspectivas para la concreción de un nuevo acuerdo nuclear

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Aclaraciones previas.

Hablar de causas en relaciones internacionales acarrea congénitamente cierta inconmensurabilidad de los niveles de análisis que sirven como prisma para el estudio de un conflicto determinado. Para ello, es importante que metodológicamente nos aferremos al principio de ubicuidad, buscando agotar todas y cada una de las causas que entran en juego. Invariablemente, ciertas explicaciones serán eficaces para explicar largos procesos que parsimoniosamente hacen hincapié en las grandes continuidades de las crisis. A su vez, las mismas serán menos elocuentes que otras para explicar fenómenos en el momento cúlmine del conflicto. Lo cierto es que lo que refiere a la inconmensurabilidad de las teorías con poder explicativo, coadyuva al agotamiento de cada una de las causas siendo posiblemente todas correctas y dotadas del principio de plausibilidad.

La peculiaridad del tema que nos concierne, esto es las causas de la creciente tensión irano-estadounidense, encuentra una gama de explicaciones desde las sistémicas, domésticas y hasta individuales de los estadistas ejecutores de la política exterior de ambos países. En virtud de ello, en este ensayo buscaremos exponer brevemente las mismas yendo desde el mayor nivel de análisis, hacia las trivialidades que disruptivamente agotan las contingencias de mayor actualidad.

Causas de la creciente tensión irano-estadounidense y perspectivas para la concreción de un nuevo acuerdo nuclear

Las relaciones irano-estadounidenses jamás han sido excelsas. Cuanto menos, desde la caída del sha Reza Pahlevi en 1979 y la formación de la jihad chii liderada por el ayatolá Jomeini, desde Washington auguran un cambio de régimen. Por aquel entonces, se percibía con asombro cierta tendencia masoquista entre el Departamento de Estado y el Pentágono replicable en la pregunta “Who lost Irán?” asimilable al “Who lost China?” de 1949. Lo cierto es que la jihad chiita ha sido desde aquel entonces un actor desestabilizador para los intereses vitales de Washington en la construcción de un orden regional. La mesiánica combinación entre los designios imperialistas persas y el radicalismo fundamentalista de Shariati y Jomeini, despertaron una política exterior enfocada a la hegemonía regional. Tanto Israel como Arabia Saudita, aliados estratégicos de Washington en la región, percibieron como lacerante y desmesurado al accionar iraní que atentaba contra el sionismo y el liderazgo sunnita del país arábigo, respectivamente.

En lo que respecta a las capacidades relativas de los países de la región, Israel toma la delantera al poseer un arsenal nuclear que acelera el dilema de seguridad del país persa. La proliferación nuclear encuentra su explicación más acabada en causas sistémicas propias de una teoría neorrealista que vislumbra un claro desbalance de poder en la región, y por ende un foco de creciente hostilidad. Al ser la no-proliferación una política de Estado de todos los gobiernos norteamericanos desde la doctrina MAD, la cuestión iraní no escapa a los intereses vitales de Washington. Desde el paradigmático Tratado de no-Proliferación Nuclear de 1968, la conformación de un régimen nuclear internacional oligárquico ha acarreado serias dificultades. En definitiva, al fijarse el monopolio de armas nucleares en manos de unos pocos países, los mecanismos de verificación han encontrado serias dificultades en discriminar el uso de uranio enriquecido a los fines civiles de los militares.

Desde una perspectiva constructivista, a ello debemos sumarle una inauguración de relaciones bilaterales sumamente hostiles desde 1979, desde la toma de la embajada norteamericana en Teherán y el ulterior secuestro de sus diplomáticos, hasta el escándalo Irán-Contras durante la presidencia de Ronald Reagan. Si la cruda anarquía de las relaciones internacionales la definimos en términos sociológicos, la tensión inherente a estas relaciones se exacerban a magnitudes incalculables.

El desafío de conciliar una democracia con una teocracia totalitaria bajo una agenda de derechos humanos, escapa a cualquier política exterior que inherentemente conlleva un fuerte apego a valores morales universales propios del idealismo wilsoniano. Por su parte, el régimen iraní vilipendia contra cualquier intento de occidentalización, colocándose en la apoteosis del dar-al-Harb (mundo de la guerra).

Esta conflagración propia de las estructuras domésticas de cada país, se profundizan aún más en la historia reciente. Con el auge de un momento unipolar de hegemonía norteamericana, el ascenso de filas neoconservadoras al poder han encontrado una plétora intelectual recalcitrantemente opuesta a un fundamentalismo islámico chiita. Sumado a ello, el declive del poder relativo de Estados Unidos respecto de China, y los intereses geoestratégicos de Washington en el etrecho de Hormuz, han acaparado la atención de los articuladores de la política exterior del gobierno de Trump. La salida de un acuerdo nuclear plasmado en el Plan de Acción Integral Conjunto, junto con la imposición de sanciones al régimen iraní acrecientan las tensiones en una escalada sumamente peligrosa. El estrangulamiento de los “halcones republicanos” a la vulnerable economía iraní será una prueba de fuego para el régimen de Khamenei.

La situación diplomática actual se aproxima a un juego de suma cero, en donde las concesiones quid pro quo se desvanecen al procurar Washington un indefectible cambio de régimen. Desde Teherán, la asimetría de poder hace que la legitimidad yihadista se asimile a un “reloj de arena”. Bajo un panorama “a todo o nada”, el conflicto bélico se encuentra en el vórtice. El rol que jueguen el resto de las potencias, fundamentalmente China, Rusia y la Unión Europea, será determinante para buscar una salida conciliadora. Lejos de caer en la hibridez vacilante, estimo que estas grandes potencias deberán aplicar una mezcla de realismo e idealismo, logrando de tal modo acercar partes sumamente distantes pero que a lo largo de la historia han demostrado cierta reluctancia a encrucijadas que puedan llevar al cataclismo.

Mariano De Rosa

Autor

Mariano De Rosa

Abogado, egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP). Actualmente, maestrando en Estudios Internacionales en la Universidad Torcuato di Tella (UTdT). Diplomado en Migrantes y Refugiados de la Universidad de Buenos Aires (UBA)

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  1. Avatar Julio Alberto Torres Lastra says:

    Perfecto e impecable analisis de otro de los tantos problemas y crisis que afectan las relaciones internacionales que pur eden desemboca en conflictos belicos de impredecibles resultados o consecuencias-

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