¿El fin de las intervenciones militares directas?

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Pareciera ser que, desde hace unos años, sobre todo desde la llegada de Donald Trump al poder, Estados Unidos haya optado por dejar de lado las intervenciones militares directas en otras partes del mundo para pasar a concentrarse en sus problemas domésticos, bajo la consigna de “America first”. 

Trump mostró desde un inicio un discurso que claramente marcaba que Estados Unidos debería optar por concentrarse en resolver sus problemas internos antes que en “ayudar” a otros con intervenciones militares en la periferia. Trump sostenía en diciembre de 2018 tras decidir retirar 2.000 soldados de Siria y sugerir retirar otros 7.000 de Afganistán, que los Estados Unidos no querrían ser mas el “policía” de medio oriente, puesto que el país no iba a obtener nada a cambio y perdería miles de vidas de jóvenes norteamericanos y millones de dólares en armamento, logística y todos los gastos generales propios de cada contienda, en donde además jamás eran apreciados por su trabajo ni aceptada su presencia por las poblaciones locales.    

Estados Unidos parece haber comprendido que sus intervenciones por lo general traen mas costos que beneficios, y que las retiradas siempre son muy dificultosas, tal como ocurrió en Irak, Vietnam y Afganistán, los ejemplos más visibles. El autor Jeffrey Taliafferro ejemplifica estas cuestiones con una analogía sobre las arenas movedizas, donde describe que, a mayor tiempo de intervención, más difícil se vuelve la situación y más compleja resulta la retirada (cuanto más te quedas en las arenas movedizas, más difícil es salir pues más te hundes).

Los Estados a veces entran en guerra teniendo en cuenta un cálculo racional propio sobre lo que se denomina como “horizonte de tiempo”, es decir, el tiempo que consideran los tomadores de decisiones que durará la contienda. Puede ocurrir que el tiempo planeado por los decisores se extienda en la realidad mucho más de lo deseado, lo que lleva a convertir la guerra en un hecho mucho mas “irracional” del planeado al inicio. Esto ocurrió claramente en guerras asimétricas como Vietnam, Irak y Afganistán con las intervenciones norteamericanas o también con la intervención soviética en Afganistán. En estos casos, los tomadores de decisiones pensaban que la intervención directa sería un proceso rápido, pero terminaron siendo trámites larguísimos que dieron lugar a guerras que parecían nunca acabar y que excedieron en costos enormemente a los calculados. Esta lógica se observa muy claramente en un documental dirigido por Charles Feguson, del 2003 “No end in sight” (sin final a la vista), donde se describen los errores constantes de los tomadores de decisiones del gobierno norteamericano (principalmente el presidente G.W Bush) durante la guerra de Irak y la cada vez mas compleja situación que se provocó con la presencia de tropas en Irak. Se pensaba que la intervención iba a ser breve y eficaz, pero se encontraron con problemas muy complejos que dejaron en evidencia la propia incapacidad tras la caída de Hussein, que incluso fueron erosionando la imagen del gobierno norteamericano en el sistema internacional y representaron costos altísimos para Estados Unidos.

Si se observa la distribución de las 392 intervenciones militares norteamericanas desde 1800 de acuerdo a los datos del Servicio de Investigación del Congreso (2017), se ve claramente un fuerte incremento en los últimos años. De 1800 a 1849 hubo 39 intervenciones, otras 47 desde 1850 a 1899; 69 de 1900 a 1949; 111 desde 1950 a 1999 y por último 126 entre 2000 y 2017, un periodo de apenas 17 años en comparación con los anteriores que son de 50. Teniendo en cuenta estos números resulta fácil evidenciar que Estados Unidos posee lo que podría llamarse como una “adicción” a intervenir militarmente en otros países, y que el aumento del número de intervenciones especialmente en los últimos años, se da en paralelo a dos importantes cuestiones.

Por un lado, el hecho de que los intereses afectados para Estados Unidos no son para nada vitales puesto que se interviene en la periferia, es decir, en regiones donde no se compromete fatalmente la seguridad del Estado norteamericano que aun así interviene. Por otro lado, que los errores y las derrotas han ido en aumento y aun así las intervenciones persisten. De estas interrogantes se concluye que los Estados Unidos suelen intervenir en momentos en que no deberían hacerlo, y que la respuesta que obtienen a ello son costos, por un lado, económicos puesto que una intervención siempre es muy costosa en materia económica, y por otro lado costos de seguridad, tal como se vio con las replicas de las organizaciones terroristas, durante los ataques en 1993 y fundamentalmente en el 11-S.

Con Donald Trump la situación parece estar dando un giro, bajo su administración Estados Unidos no intervino directamente enviando tropas en ninguna parte del mundo (la presencia de tropas norteamericanas en Siria y Afganistán fue “heredada” de administraciones anteriores). Trump concibe a las intervenciones militares como un gasto altísimo para el pueblo norteamericano, y además como una suerte de “caridad” que los Estados Unidos hacen para proteger a otros que poco colaboran en costear ese servicio de defensa, y de cierta manera se aprovechan de la “bondad” del país norteamericano. Trump sostiene que aquellos que pueden deben empezar a pagar estos costos, por ejemplo, Corea del Sur.   A pesar de todo lo antes mencionado, sería una ingenuidad pensar que el intervencionismo norteamericano haya llegado a su fin.

Estados Unidos seguirá interviniendo como lo ha hecho siempre, solo que quizá haya logrado interpretar los errores del pasado y comprendido que no debe volver a adentrarse en lugares que no son vitales para sus intereses o su seguridad, y no debe volver a empantanarse o caer en arenas movedizas, de las cuales no podrá salir sin sufrimiento.

Gastón Brizuela
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