El mundo no funciona como quisiéramos

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En los próximos meses el presidente Mauricio Macri emprenderá una serie de compromisos internacionales en una agenda cargada. Estos incluirán desde encuentros multilaterales en el seno de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y del G20, hasta reuniones bilaterales con líderes de ideologías e intereses tan variados como los presidentes de Bélgica, Noruega, Croacia, Rusia, Israel y de los Estados Unidos.

El objetivo de Macri, además de demostrar su apoyo al crecimiento económico internacional, la erradicación de las desigualdades, la lucha contra el terrorismo y la desnuclearización, seguramente residirá en lograr apoyo a sus políticas económicas. En última instancia, una agenda que lleva nuevamente como título la búsqueda de inversiones necesarias para lograr crecimiento sostenible a largo plazo y que se traduzcan en los anuncios necesarios para revertir el declive de la imagen pública que ha acumulado el gobierno en las últimas semanas.

Frente a un mundo que no termina de darle la espalda al liberalismo, pero que tampoco lo abraza con orgullo y en el que sus líderes están principalmente ocupados en cuestiones de seguridad, las palabras dulces seguramente servirán menos que nunca para lograr los objetivos del presidente.

Aunque nos empeñamos en ver la causa de los acontecimientos internacionales en fuerzas sociales, políticas e ideológicas, y a pesar de que estas suelen tener mucho que ver, en última instancia las decisiones que guían la historia son tomadas por hombres de carne y hueso, que tienen intereses particulares que desean cumplir. Las instituciones, las empresas y los Estados no son más que conjuntos de individuos con intereses y distintas cuotas de poder. Todo proyecto que queramos afrontar debe apuntar a estos mismos hombres y sus intereses, que generalmente se miden en términos de ganancias económicas y de poder. Las aspiraciones y los ideales, por bellos que suenen, poco suelen incidir al momento de tomar la determinación final.

En relación a esto, una de las principales reglas para todo aquel que quiera lograr sus objetivos es que cualquier pedido de ayuda o negociación debe apelar al auto interés de la contraparte, nunca a la piedad o a la gratitud. El recuerdo de ayudas o buenas intenciones de parte propia en el pasado serán vanas cuando se recurra a un aliado o a un enemigo. Este siempre encontrará una forma de ignorar el pedido. En cambio, si uno introduce dentro del pedido algo que beneficie al otro, y logra enfatizar este beneficio más allá de toda proporción, seguramente obtendrá una respuesta entusiasta.

Si bien debemos aplaudir la apertura de nuestro país al mundo y la búsqueda de relaciones serias con la mayor variedad posible de actores, no debemos esperar de estos más que palabras de aliento y apoyo hasta tanto gobernantes y empresarios no encuentren intereses particulares en los proyectos que el gobierno argentino pretende encarar. Las siempre buscadas y nunca suficientes inversiones no llegarán con esperanza y buenas relaciones diplomáticas. Estas son solo el primer paso. Las promesas e intenciones se convertirán en acciones el día que los líderes encuentren en la Argentina un incentivo para sus propios negocios.

La historia universal (y de nuestro país), está repleta de hombres y mujeres con buenas intenciones que fracasaron en sus proyectos, e incluso provocaron males mayores, por no comprender cómo funciona el mundo que los rodea. Esperemos que los líderes argentinos no caigan esta vez en el mismo error.

Lautaro Nahuel Rubbi

Autor

Lautaro Nahuel Rubbi

Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE) - Lic. en Política y Administración Pública (UADE) - Posgrado en Seguridad Internacional, Desarme y No Proliferación (NPSGlobal) - Mg. en Estudios Internacionales (UTDT) - Candidato a Dr. en Estudios Internacionales (UTDT) - Becario doctoral del CONICET Lrubbi@estadointernacional.com

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