El virus del pánico

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“El pánico es más contagioso que la peste y se comunica en un instante
Nikolái Vasílievich Gógol

«El pánico es más contagioso que los virus». Coinciden en la apreciación psicólogos y sociólogos. Destacan que ante situaciones inquietantes como la pandemia de coronavirus «lo emocional se impone a lo racional» y funcionan los mismos mecanismos que en la Edad Media ante la peste y que Boccaccio relataba en ‘El Decamerón’. La literatura, el cine y principalmente las redes sociales han jugado con ese pánico, forjando una imagen aterradora de las pandemias que, al saltar de la ciencia ficción a la calle, hace emerger temores milenarios.

Del ‘Diario del año de la peste’ de Daniel Defoe a ‘La peste’ de Albert Camus, del ‘Ensayo sobre la ceguera’ de José Saramago a ‘Los ojos de la oscuridad’, en la que Dean Koontz anticipaba en 1991 los estragos de un virus creado en Wuhan, innumerables novelas y películas distópicas jugaron con el atávico temor a las catástrofes víricas que creímos que nunca nos afectarían y que ahora son una implacable realidad.

El mismo terror que reflejan libros como ‘La peste’, ‘El Decamerón’ o ‘Ensayo sobre la ceguera’ emerge ante COVID-19

No importa si fue en el Medioevo o en el siglo XXI, ciertos fenómenos desatan los miedos más profundos de la humanidad: pestes, guerras, tragedias naturales. Su potencial de sufrimiento y destrucción, la inevitabilidad de su avance, la ausencia de antídotos despiertan el pánico más primitivo y lo multiplican exponencialmente.

La pandemia nos recuerda «algo que olvidamos: que habitamos un cuerpo que se degrada, que puede morir y aniquilarse». Con ese baño de realidad, con ese abrupto despertar, pasamos de la perplejidad a la extrañeza; luego a la tristeza y finalmente al duelo ante posibles pérdidas. Es ahí cuando surge lo mejor y lo peor de cada persona y opera el implacable mecanismo del pánico.

Ahora el coronavirus vuelve a enfrentar a la humanidad con sus peores terrores. El miedo al contagio, a la enfermedad, al sufrimiento y a la muerte se traduce hoy en aislamiento, parálisis e incertidumbre. Va primero de una calle a otra, luego de una ciudad a otra, después de un país a otro y, finalmente, de un continente a otro; todo movilizado por un patógeno aún no descifrado por completo, una enorme ofensiva preventiva de decenas de gobiernos y un universo de medios y redes sociales que cruza -con frecuencia y a veces involuntariamente- la línea entre la comunicación responsable y el alarmismo.

Lo peor del pánico es su desproporción y cómo alimenta nuestras más bajas pasiones, que son idiotas. Es mucho más contagioso que los virus. Contra los patógenos hay medidas de higiene, pero el miedo es más complicado; es el espejo de nuestra debilidad y se viraliza, nunca mejor dicho, con las redes sociales.

«Sufrimos una situación de pánico colectivo muy bien descrita por los sociólogos clásicos que quizás se agrave, y que se da al vislumbrar situaciones sin escapatoria y a escala global», apunta Víctor Renobell, doctor en sociología y Ciencias Políticas y profesor de la UNIR, en Perú.

Últimamente, las personas en un afán de “prevención”, fueron a los supermercados a comprar insumos básicos, innecesariamente, y pensando que son los últimos productos del año, que mañana quizás escaseen, y sin esos productos habría más “riesgos” de contraer al virus. Analogía errónea, por supuesto.

Insumos como papeles higiénicos, gel, mascarillas, jabones, alcohol, fueron desabastecidos en varios supermercados. Muchas otras personas que realmente lo necesitan están en austeridad, pero nuestro alarmismo fue mucho mayor y se tradujo en la compra excesiva, porque “si compramos más, estamos más seguros”

Por otro lado el recomendar remedios caseros descontroladamente, compartir la información de “supuestos”profesionales  que al tener una pantalla o seguidores, desinforman a las personas o quizás recientemente, recomendar  la preparación de juguitos hechos en casa que previenen el coronavirus, y en señal abierta,  es una negligencia total, y si nosotros lo creemos y obedecemos caemos en un analfabetismo moderno, donde no sabemos diferenciar la información real y verídica en los medios de comunicación.

Y muchas personas no han distinguido eso, y en el avance del virus, la desinformación va creciendo y el pánico aumenta, a tal punto que cualquier personaje público, que no es especialista, empieza a bombardear con sus opiniones, y las personas en su ingenuidad hacen una ley esa recomendación de los storytelling sin ver la calidad de sugerencia que se está dando.

Escuchemos a nuestros especialistas, a nuestros médicos, a nuestro Sistema de Salud, que por ahora va encontrando más casos nuevos que soluciones.
Tengamos presente que la compra excesiva y la aglomeración de los productos básicos no nos salvarán del contagio, solamente nos salvarán una correcta higiene, alimentación y no exposición social por estos días-semanas.

En realidad, esto es un pánico que genera comportamientos irracionales, como la compra desaforada en los supermercados, amplificados hoy por las redes sociales. Hay una sobreactuación sociológica que provoca esa irracionalidad. La insensatez se contagia de forma pasmosa cuando la emoción se impone a la racionalidad y las redes sociales potencian esas emociones negativas, que son mucho más poderosas que las positivas. El comportamiento de las redes es perverso: son pura emoción.

Seamos sensatos, pero ante todo mantengamos la tranquilidad, que el alarmismo de la Edad Medieval mató más que el virus, no vuelva a estos tiempos, como si mañana fuera el fin del mundo.

Prevengamos, pero con calma.

Benny Mallqui Huamán

Autor

Benny Mallqui Huamán

Estudiante de Ciencia Política y representante estudiantil de la facultad de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Nacional Federico Villareal

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