Europa, Siria y Brexit

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Siete mandatarios de países del Sur de Europa han celebrado recientemente un encuentro para poner sobre la mesa las posibles soluciones al conflicto civil de Siria, sus posiciones frente a la salida de la Unión Europea por parte de Reino Unido y sus conclusiones sobre el futuro de la integración continental.

Francia, Italia, España, Portugal, Chipre, Grecia y Malta, los siete países del Sur de Europa, se han puesto de acuerdo al admitir que -tras el ataque contra Siria por parte de Estados Unidos el pasado 7 de abril- la única solución posible al conflicto pasa por el marco de las resoluciones de la ONU y las conversaciones de Ginebra. Además, añaden que las decisiones militares nunca garantizarán la estabilidad del país ni la derrota del Estado Islámico.

En este encuentro internacional -El Pardo (Madrid)- se ha condenado el empleo de armas químicas en el país árabe, una estrategia ofensiva que provocó el lanzamiento de 59 misiles Tomahawk norteamericanos “con la intención comprensible de impedir la distribución y el uso de armas químicas”, según aseguraron los mandatarios.

No obstante, el presidente francés, François Hollande, aprovechó la coyuntura para impulsar una solución política a una guerra civil que parece no tener fin después de casi seis años de ataques y muertes. Por su parte, el italiano Paolo Gentiloni ha pedido que la Unión Europea tenga un papel “más fuerte, incisivo e importante” en la búsqueda de una salida consensuada.

Igualmente, el griego Tsipras, sujeto a un draconiano plan de rescate, ha pedido flexibilidad en la aplicación de las reglas europeas y ha subrayado que “los superávits del norte -en alusión a Alemania- son los déficits del sur”. También ha puesto de manifiesto que en la próxima cumbre de los siete, a celebrar en Chipre tras las elecciones alemanas de septiembre, han acordado discutir “la creación de un presupuesto para la Zona euro y la emisión de eurobonos, una posibilidad de la que Berlín no quiere oír hablar”, según confirman diferentes medios de comunicación.

Por su parte, Mariano Rajoy, presidente de España, ha aludido a una futura “mutualización” de la deuda, que no figura en el comunicado, pero ha matizado que este asunto “no es para mañana”. Y es que el aliciente es obvio. España tiene una deuda pública y exterior neta de cerca del 100% del PIB; por tanto, es comprensible que esté deseando emitir deuda pública conjuntamente con Alemania, que tiene una posición de acreedor neto del 50% del PIB.

LONDRES, EN EL PUNTO DE MIRA

Los siete del sur han respaldado las directrices de la negociación del Brexit, que pasan por mantener la unidad de los 27 y una puesta en marcha por fases, es decir, primero el divorcio y luego el futuro acuerdo comercial. En este sentido, Joseph Muscat, mandatario de Malta, ha advertido que los derechos de los comunitarios residentes en Reino Unido y de los británicos que viven en la UE “no pueden ser utilizados como moneda de cambio”; mientras, el portugués Costa ha insistido en que, tras la separación, Londres debe seguir siendo el “amigo y socio más cercano” de la UE.

No hay duda de que a los europeos nos conviene mantener un mercado abierto y una relación cordial con un país tan importante como Reino Unido, aunque se haya ido de la UE. Y, aparte de los aspectos económicos, Reino Unido debe seguir siendo un firme aliado en la defensa de la democracia liberal ante los ataques actuales.

Sin embargo, en relación al Peñón de Gibraltar, fuentes gubernamentales españolas han añadido que “dentro de dos años el Reino Unido y sus territorios dependientes estarán fuera de la UE, con o sin acuerdo y, por consiguiente, “no les serán aplicables las normas del derecho comunitario” y a partir de ahí “todo lo que concierna a Gibraltar tendrá que ser resuelto por el Gobierno británico y el español”.

Además, antes de su salida europea definitiva, Londres tendrá que arreglar sus cuentas: deberá abonar los pagos debidos a la Unión, hasta ahora estimados en unos 60.000 millones de euros, en función de los programas pendientes de cofinanciación o las cuantiosas cuotas por las jubilaciones de funcionarios británicos comunitarios.

Y como explica el diario El País, “la UE no atraviesa su mejor momento histórico pero errará el Reino Unido en minusvalorarla: incluso en la crisis supo concluir un Tratado fiscal nada popular; ha cerrado el ambicioso Tratado comercial con Canadá, frente a los distintos acosos populistas; y ha reaccionado con entereza frente al proteccionismo y al antieuropeísmo de Donald Trump”.

Es más, “ante la Unión, el Reino Unido es un peso cualificado, pero liviano: supone menos de un quinto de su economía; y sus 65 millones de consumidores contrastan con los 440 millones de europeos, número más atractivo para cualquier socio comercial. Es Londres, y no Bruselas, quien deberá renegociar 60 tratados comerciales y recomponer las tensiones centrífugas internas: el Úlster y Escocia son ahora problemas de la Corona, no de Europa; de hecho, unidos y firmes, los 27 podrán minimizar los daños del Brexit”, agrega el mismo periódico.

UNA EUROPA A DOS VELOCIDADES

La cumbre de El Pardo ha ratificado la apuesta por dar un salto en la integración europea pero ha eludido cualquier referencia a la Europa de dos velocidades. El principal motivo es que entre los europeos meridionales los hay de todos los tamaños y los medianos y pequeños temen verse relegados a una segunda división europea.

No hay que olvidar que los líderes de los Estados Miembros han decidido que una Europa sin el Reino Unido solo puede avanzar a distintas velocidades, con un menú de integración a la carta donde cada país pueda elegir a voluntad aquellas áreas de cooperación que más satisfagan sus intereses. No obstante, diferentes analistas afirman que se trata de un “noble propósito pero de una complejidad infinita y que generará inmensos problemas de gobernanza”.

“Baste pensar que cada comunidad de países que acuerde integrar una función política o administrativa concreta, digamos la defensa exterior o la política fiscal por ejemplo, habrá de dotar a esa unión de un presupuesto y probablemente de una estructura operativa, y la Unión Europea al completo acordar la utilización que esa función pueda hacer de las instituciones y el presupuesto comunitario. Una auténtica pesadilla”.

Más en concreto, Fernando Fernández, especialista en el tema, subraya que “la unión bancaria exigirá más pronto que tarde una unión fiscal y política, de características concretas por determinar, pero con unos niveles de cesión de soberanía hoy impensables. La alternativa no es una unión monetaria a varias velocidades, con algunos países avanzando hacia la unión fiscal y de sus mercados de capitales, mientras que otros solamente participan en la política monetaria única, sino la ruptura del euro y el abandono de la moneda única. O nos preparamos todos para estar siempre en la primera velocidad o nos vamos pensando la estrategia de salida. Porque una Europa a varias velocidades será un espacio menos estable y donde los errores políticos y económicos se pagarán muy caros”.

 

Susana Gil Rodríguez

Autor

Susana Gil Rodríguez

Licenciada en Ciencias de la Información, Rama Periodismo (Universidad San Pablo CEU de Madrid). Redactora en múltiples medios periodísticos de índole nacional e internacional

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