Inocentes bajo cadena perpetua

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El conflicto bélico que actualmente sufre Sudán del Sur es un mero ejemplo de las innumerables contiendas que ocasionan la ambición y el dinero, los pilares de toda guerra. Países que no pueden -o no quieren- acabar con sus luchas intestinas y que terminan por abocar a todos sus habitantes al peor de los precipicios: el miedo a vivir. Sin soluciones prácticas a la vista que garanticen la paz, ¿los inocentes están condenados a cadena perpetua?


Sudán del Sur logró la independencia de sus vecinos del norte en 2011 pero, lejos de reafirmar su estabilidad social y económica, parece que la tragedia se sigue cebando en sus habitantes. Al igual que el sufrimiento y el miedo. Después de cuatro décadas de lucha por conseguir esa emancipación, dos años después -en 2103-, la ambición por el poder ha vuelto a marcar el destino del país. La pregunta inmediata es ¿hasta cuándo?

El enfrentamiento entre sus dos principales etnias -nuer y dinka- ha originado una guerra civil que ha matado a más de 50.000 personas, el desplazamiento de millón y medio, medio millón  de refugiados y cuatro millones esperando que algún organismo internacional u ONG pueda alimentarles. Las cifras hablan por sí solas: Sudán del Sur se enfrenta a una de las mayores crisis humanitarias mundiales, al tiempo que la palabra hambruna sobrevuela con toda libertad por el territorio africano.

Para paliar la situación -de necesidad extrema-y frenar el avance de enfermedades que siempre van de la mano de la debilidad, como la malaria o el cólera, diferentes grupos organizados de expertos aportan su inestimable grano de arena. Pero parece que las medidas aplicadas hasta el momento no van a ser suficientes. Así, por ejemplo, la ONG Oxfam proporciona 15 kilos de sorgo, kilo y medio de lentejas, un litro de aceite y 150 gramos de sal por persona, después de una espera que en muchos casos supera las cuatro horas hasta que llega el turno, sin contar con el largo recorrido de vuelta a casa. Y con estas cantidades los refugiados tienen que subsistir 30 días.

¿HASTA CUÁNDO PODREMOS SEGUIR ASÍ?

La problemática existente y ya de muy elevada envergadura, se complica aún más: las avalanchas de desplazados procedentes de los lugares de combate agravan de modo fulminante las proyecciones que en sus inicios se plantearon las organizaciones de ayuda humanitaria. Los escasos recursos que en un principio podían administrar tienen que ser ahora divididos en mayores proporciones y, además, surge la pregunta inmediata: ¿hasta cuándo?

El objetivo prioritario de estos grupos solidarios es acudir ante una situación de alarma, de emergencia, y ofrecer todo su apoyo de manera que allí donde llegan, las poblaciones puedan -con las técnicas adecuadas- autobastecerse y sostenerse a través de sus propias dinámicas y estrategias. Ya sea mediante la edificación de nuevas escuelas, de plantas potabilizadoras, de letrinas, de la mejora de infraestructuras en las comunicaciones… pero en un plazo de tiempo determinado. Lamentablemente, las ONG son necesarias en muchas regiones del mundo, en todas en las que persiste el conflicto y la guerra.

No cabe duda de que el mejor modo de resolver tan difícil ecuación sería poniendo fin a la formación de estos campos de refugiados, es decir, de estabilizar los marcos económicos, políticos y sociales que han traído como consecuencia semejante maremagnum de dolor y desesperación. Y, evidentemente, esta meta sólo se puede lograr con la llegada de la paz, del acuerdo entre los rivales, de acotar el odio. Algo imposible, por lo menos, según afirman los analistas, a corto plazo.

Y es que los intentos por llegar a este proceso de paz -tanto por parte de la Unión Africana como de Naciones Unidas- no se observan de manera alguna como fructíferos. Las negociaciones van y vienen como los combates y se rompen a cada momento a pesar de la participación de países como Sudáfrica, Chad, Nigeria, Argelia o Ruanda; de hecho, se ha perdido el último eslabón de la esperanza ante el número de fracasos que se han ido sumando con el paso del tiempo.

PANORAMA PARADÓJICO

Entonces, ¿qué va a ser de estos miles de refugiados cuando los cooperantes tengan que marcharse?

El miedo sigue siendo el protagonista principal de un escenario en el que el empleo de cualquier tipo de arma puede ser lo más natural de la vida cotidiana en Sudán del Sur. En un país donde la violencia sexual está a la orden del día y donde las vacas -símbolo de poder y prosperidad- reciben mayores cuidados que la mujer o los hijos. Y es que, “todos queremos la paz”, afirman los refugiados, pero los ganaderos van armados hasta los dientes -con fusil al hombro- para defender sus reses. La situación no puede ser más paradójica.

Semejante panorama viene reforzado, además, por los POC, por la creación de centros de  protección de civiles. En otras palabras, de edificaciones blindadas y dirigidas por las fuerzas de las Naciones Unidas que, rodeadas de vallas metálicas, más recuerdan a una cárcel que a un punto de acogida ante la amenaza de la etnia contraria; sin olvidar la existencia de policías procedentes de 10 países diferentes que se hacen cargo de la seguridad del centro. “Esto no es vida”, explica uno de los desplazados que se encuentra en el recinto. “Aunque nos den agua, comida y protección”, añade. Y es que se sienten faltos de libertad, como se debe sentir el mejor rufián de cualquier celda penitenciaria.

Es más, según pone de manifiesto Toby Lanzer, coordinador de la ONU para la ayuda humanitaria en el país , “el POC es la última solución para las personas que viven aquí; se encuentran hacinadas y desesperadas, y nosotros los protegemos y alimentamos como podemos. Lo ideal sería que volvieran a sus casas, pero muchas están destruidas y además no estarían seguros. Desde luego, la única solución pasa por que se firme la paz”.

A pesar de todo, la vida sigue en Sudán del Sur, pero no para todo el mundo es igual. La nación, tan recientemente constituida, continúa su recorrido gracias a la aportación de los organismos internacionales y ONGs. No obstante, el miedo subsiste y lo que se conoce como normalidad ha dejado hace tiempo de serlo.

Nadie apuesta por lograr firmar el acuerdo de paz en un breve periodo de tiempo. Todo lo contrario. La amenaza de la muerte sembró su cosecha en su momento y ahora está recogiendo sus mejores resultados. La guerra por el poder continúa entre las dos etnias dominantes -nuers y dinkas- y ninguna está dispuesta a ceder. El horizonte se vuelve cada día más denso, sin un pequeño atisbo de cambio o de un mínimo paso por acercarse a la reconciliación…

FRENO A LA DESESPERACIÓN

Resulta de verdad contradictorio llegar a estas situaciones límite -y tan deshumanizadas- cuando se ha demostrado hasta el abotargamiento la incuestionable inteligencia del hombre del siglo XXI. Sigo apostando por la investigación en nanotecnología, por el estudio del cosmos y las expediciones a los planetas que lo conforman, por las nuevas expectativas que ahora nos abre el mundo oceánico y marítimo… pasando por los últimos avances logrados en medicina y en la lucha contra el cáncer. Pero, de manera rotunda, no sabemos solucionar las guerras que nosotros mismos comenzamos porque, por supuesto, ya sabemos que cualquier conflicto bélico es también un conflicto de intereses creados. Y me viene de nuevo la misma pregunta: ¿Hasta cuándo se puede soportar el sufrimiento, la desesperación?

[Tweet “Hasta cuándo se puede soportar el sufrimiento, la desesperación?”]

¿Estamos aplicando bien nuestra inteligencia, donde realmente deberíamos? ¿No debería ir a la par el lanzamiento de la última sonda de exploración con la firma de un acuerdo que acabe con la desdicha de tantos millones de personas? ¿De verdad que tanto nos cuesta acabar con el odio? Estos son simplemente algunos de los interrogantes que me hago cuando miro a mi alrededor y nadie sabe -ni quiere- contestarme. Aunque siempre estaría dispuesta a escuchar una palabra de esperanza, de ilusión y de ánimo que frene cualquier tipo de violencia, completamente injustificada para tantos inocentes…

Susana Gil Rodríguez

Autor

Susana Gil Rodríguez

Licenciada en Ciencias de la Información, Rama Periodismo (Universidad San Pablo CEU de Madrid). Redactora en múltiples medios periodísticos de índole nacional e internacional

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