La guerra hegemónica y los peligros de repetir la historia

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El único medio de vencer en una guerra es evitarla.

George Catlett Marshall (1880-1959). Militar y político estadounidense.

Introducción

Según un estudio de la Universidad de Harvard conducido por Graham Allison, 12 de 16 casos en los que un poder en ascenso ha confrontado a un poder hegemónico han terminado en guerra. La guerra hegemónica entre grandes potencias no solo es posible: Ha sido la norma a lo largo de la historia. Frente al actual ascenso de China en términos económicos, militares y de influencia política internacional, el fantasma de la historia vuelve a acechar y el proceso de estabilidad, crecimiento, auge, disconformidad y reordenamiento internacional, aquel que puede ser entendido como la dialéctica de la historia mundial, puede estar cerca de llegar a su etapa de síntesis, etapa que históricamente se ha resuelto a través de la guerra; una guerra ilimitada en sus medios y consecuencias .

Las guerras, frías o calientes, se originan en la estructura del sistema internacional . Resultado de imagen para thucydides trapHoy estamos presenciando un cambio hegemónico prácticamente sin precedentes. Nunca antes en la historia una nación ha crecido tan alto y en tantas dimensiones relativas al poder en tan poco tiempo como lo ha hecho China. En el curso de 30 años, durante los cuales ha mantenido tasas de crecimiento de entre el 8 y el 10%, China ha multiplicado su PBI por 10, sus exportaciones por 20 y sus reservas por más de 100 .

Las tasas diferenciales de crecimiento son las que modifican la distribución de poder en el sistema internacional. Cuando el margen entre el orden mundial establecido y la nueva distribución es demasiado amplio y no se efectúan los ajustes incrementales necesarios para establecer un nuevo equilibrio, la guerra hegemónica, sin límites en sus medios y objetivos, es el más probable de los desenlaces . Según las teorías realistas estructurales, el balance o equilibrio de poder es vital para el mantenimiento de la paz, un equilibrio que impida a aquellos disconformes con el orden existente actuar en forma revisionista. La base de este equilibrio es la reducción de la incertidumbre, el miedo y la desconfianza, permitiendo mayor colaboración. Desde este punto de vista, los Estados no confían entre sí por hipotéticos intereses comunes, sino porque el balance de poder restringe sus aspiraciones, limita sus conductas . Sin embargo, el estancamiento económico norteamericano de los últimos años y el auge chino podrían romper en el futuro cercano el delicado balance internacional. Las “reducidas tasas de crecimiento” de China en los últimos años, y proyectadas hacia el futuro, siguen siendo más de 3 veces las de los Estados Unidos. Es esperable que China no solo quiera ser rica. Querrá también ser también poderosa .

En 1980, la economía de China era menor a la de Holanda. En 2014, el crecimiento de su PBI fue cercano al de la economía holandesa completa. Más aún, desde la crisis financiera internacional del 2008, cerca del 40% del crecimiento de la economía mundial ha ocurrido en un solo país: China . Además, China ya ha sobrepasado a los Estados Unidos como principal socio comercial del mundo, principal tenedor de deuda norteamericana y reservas extranjeras, destino de Inversión extranjera directa, consumidor de energía y productor de acero. Hoy China es el principal mercado de autos, smartphones, e-commerce, bienes de lujo y usuarios de internet .

En cuanto a los aspectos militares, aunque su presupuesto de defensa es apenas un cuarto del nortemaericano, la inversión es creciente . Cuenta con el ejército más grande del mundo en número de soldados y con una marina en expansión. China también se está desplazando desde un complejo militar industrial basado en la copia hacia uno de innovación. Aunque con escasa participación e intervención en los actuales conflictos internacionales, China está más que capacitada para defender sus intereses vitales .

El discurso chino es el del “Ascenso Pacífico”, con una preocupación exclusiva en el desarrollo económico y respetando la no interferencia en los asuntos internos de otros Estados. Además, en un hipotético conflicto, el comercio chino marítimo, su principal fuente de ingresos, se detendría por completo, el flujo de petróleo cesaría y su economía quedaría por completo paralizada. China no tiene intenciones de confrontar de forma directa a los Estados Unidos y viceversa . A pesar de ciertas tensiones y una retórica de vez en cuando confrontativa, ninguna ha tenido acciones claras que pretendan el conflicto. Ambos tienen mucho que perder.

A lo largo de la historia, sin embargo, lo que ha llevado al estallido de grandes guerras ha sido en general la preocupación por las capacidades antes que por las intenciones. El ascenso absoluto y en términos relativos de China genera en los Estados Unidos preocupaciones y una alerta creciente, más allá de lo que los líderes chinos declaren o de cómo se comporten. La falta de certeza sobre las intenciones de los otros Estados lleva a una falta de confianza, inherente al sistema internacional, pero que se profundiza cuando discutimos sobre grandes potencias . La lectura del panorama internacional entre grandes potencias siempre se ha realizado, hasta ahora, en clave de las capacidades y ganancias relativas, no absolutas. En la anarquía interestatal, la desatención y los errores de cálculo han sido pagados con sangre, imprimiendo desconfianza en las relaciones internacionales . Hay pocos motivos para creer que esto ha cambiado. El miedo, la inseguridad y la voluntad de defender el Status quo de la potencia establecida juegan un gran papel fundamental.

Hace más de 2400 años el gran historiador ateniense Tucídides ya advertía: “Fue el ascenso de Atenas, y el miedo que inspiró en Esparta, lo que hizo la guerra inevitable”. Entre China y Estados Unidos bien podría repetirse una vez más, como otras tantas, el problema de la “crisis de inestabilidad”, el peligro de que una parte decida lanzar un primer ataque, no por su tendencia inherentemente agresiva o cálculo racional de que la guerra sea preferible a la paz, sino porque considera que la contraparte está preparada para atacar, y atacar primero es siempre mejor que ser el primer golpeado .

Imagen relacionadaSin embargo, las tensiones también se generan al otro extremo de la soga. El creciente sentimiento de importancia y auto confianza de la potencia asiática en ascenso, de injusticia con el orden establecido y de demandas por mayores oportunidades de voz y voto de acuerdo a sus capacidades juegan la otra parte. La incompatibilidad entre elementos cruciales del orden internacional existente (prestigio, división del territorio, instituciones internacionales y la economía) y el cambio en la distribución de poder comprende un peligro mayúsculo. El orden mundial vigente no le será indiferente a una China cuyas capacidades ascienden día a día . Un Estados Unidos, parte de la civilización occidental, en el pico de su poder, enfrenta una civilización no occidental que tiene cada vez más el deseo, el poder y los recursos para cambiar al mundo a su propia imagen y semejanza .

En el mundo anárquico de auto ayuda, la paz es frágil y la guerra recurrente. El dilema de seguridad, aquel según el cual el aumento de las capacidades defensivas de un Estado serán percibidas como un aumento de poder ofensivo por parte de otro, y que se potencia por el desconocimiento de las intenciones futuras de las contrapartes, sigue operando con enorme fuerza en la mente de algunos de los principales líderes mundiales .

El crecimiento de una civilización de 5000 años con un población de 1300 millones de habitantes no es un problema para solucionar. Es una condición con la que los Estados Unidos deberán aprender a convivir. El auge de China no tiene perspectivas de detenerse en el futuro cercano . Las opciones son pocas: La adaptación pacífica o la guerra hegemónica. Sin embargo, lograr la primera requerirá mayores esfuerzos que escoger la segunda. El éxito dependerá del grado de mutuo entendimiento que las sociedades y sus líderes alcancen. Mayores encuentros entre sus presidentes y reuniones más frecuentes entre grupos de trabajo específicos son una condición necesaria en este sentido, pero no suficiente.

Subestimando el peligro; o de por qué la disuasión y los argumentos liberales son insuficientes

Basándose en la trayectoria de la historia hasta el momento, la guerra entre los Estados Unidos y China en los años y décadas por venir no solo es posible, sino mucho más probable que lo reconocido hasta el momento. Más aún, las actuales subestimaciones y malas comprensiones de las tensiones inherentes de la relación contribuyen enormemente a esos peligros.

El principal argumento esgrimido por aquellos realistas que niegan la posibilidad de una nueva guerra entre las grandes potencias mundiales está relacionado con la disuasión nuclear. Tanto los Estados Unidos como China cuentan con arsenales nucleares de avanzada, más que suficientes para destruirse, o al menos causarse un daño mutuo irreparable. Millones de muertes, economías devastadas, fallout nuclear… El escenario post apocalíptico que implicaría una guerra nuclear ha disuadido hasta al más temerario de los políticos. Las implicancias de un ataque nuclear y su respectiva respuesta van más allá de lo imaginable. El escalamiento de tensiones y la guerra total ya no son opciones. La historia confirma los hechos: No ha habido enfrentamientos directos de gran escala entre potencias nucleares, la disuasión funciona, pues la preocupación principal de los Estados no es el poder, sino la seguridad; y en el fundo de las armas nucleares, los costos de la guerra, esta se gane o se pierda, son incalculables. Las armas convencionales son relativas, las nucleares son absolutas .

Sin embargo, la existencia de armas nucleares no impidió 44 años de Guerra Fría. Los enfrentamientos entre los Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron no haber sido directos, pero no por eso fueron menos sangrientos. Basta pensar en Corea, Vietnam, Afganistán y las operaciones llevadas a cabo en toda América. Las armas nucleares pudieron haber impedido una guerra frontal entre las grandes potencias, pero al mismo tiempo desviaron el campo de batalla hacia el resto del mundo, que padeció las devastaciones de una guerra hegemónica por vía indirecta. Bajo condiciones de disuasión mutua, una serie de guerras limitadas puede servir para cambiar el sistema internacional .

Aunque la revolución en la naturaleza de la guerra que han provisto las armas nucleares es innegable, las características fundamentales del sistema internacional no se han modificado. Resultado de imagen para china guerraEn la anarquía contemporánea de las Relaciones Internacionales la desconfianza, la incertidumbre y la inseguridad han causado que los Estados se armen y se preparen para la guerra como prácticamente nunca lo han hecho antes . Más aún, la mirada positiva por la estabilidad bipolar entre los realistas descansa demasiado en la “larga paz” de la Guerra Fría (que en realidad tuvo poco de estable), y no es claro por qué no debería extraerse la opinión sobre la bipolaridad de otros ejemplos históricos que produjeron guerras catastróficas, como Atenas contra Esparta o Roma contra Cartago . Al mismo tiempo, episodios como la Crisis de los Misiles de 1962 (Que requirió una increíble astucia política y sentido estratégico de la diplomacia para su solución), nos recuerdan que todo podría haber sido peor y que una vez iniciado un conflicto menor, puede liberar poderosas fuerzas impensadas por los incitadores del mismo .

Otro argumento comúnmente esgrimido frente a la probabilidad de una guerra entre China y los Estados Unidos se relaciona con los altos grados de interdependencia que las potencias han alcanzado hoy. El comercio entre ambos extremos del Océano Pacífico no solo es incremente alto, también es dinámico y creciente. Además, China es el principal acreedor de bonos del tesoro de los Estados Unidos. Una guerra no solo golpearía duramente a dos Estados que dependen principalmente del Comercio para su crecimiento, sino que generaría daños financieros que desplomarían sus economías en instantes. La dependencia financiera es mutua, los daños serían recíprocos, los costos inestimables .

Pero la historia demuestra que los lazos económicos entre las grandes potencias de la época no son suficientes para evitar las guerras hegemónicas. Francia y Reino Unido eran importantes socios económicos al comienzo de las Guerras Napoleónicas. A las puertas de la primera guerra mundial, Alemania era el segundo socio comercial del Reino Unido y de Francia. Asimismo, los Estados han demostrado soportar grandes proporciones de dolor económico para proteger sus intereses vitales, como demuestran los casos de Rusia, Corea del Norte e Irán . La interdependencia económica, aunque importante, no puede prevenir las guerras por si sola. Más aún, frente a esta percibida vulnerabilidad, China ha estado deshaciéndose de los bonos norteamericanos lentamente en los últimos años .

La perspectiva de menor comercio e interdependencia financiera futura puede ser, contrario a los argumentos liberales básicos, un potenciador más a la posibilidad de guerra. La interdependencia puede promover la paz, pero solo si los Estados esperan que los niveles de comercio se mantengan altos en el futuro. De lo contrario, los costos potenciales que implicarían un ajuste superador de la especialización alcanzada a través del comercio puede tornar la posibilidad de la guerra como una alternativa no tan costosa en la mente de los gobernantes . La alta dependencia China del Comercio exterior y de los Estados Unidos como importante mercado junto con la dependencia norteamericana de la producción barata china para abastecerse de algunos insumos básicos son factores cruciales. Teniendo esto en cuenta, las recurrentes declaraciones de los principales candidatos presidenciales respecto de la aversión a China y las consecuencias del comercio con la potencia asiática para su propio país, muchas veces tachado de injusto y violador de las normas internacionales , agregan otro factor de preocupación a la relación y la proclividad de la guerra. Las expectativas futuras son tan importantes en el cálculo estratégico de los Estados como la situación presente.

Según otro común argumento, la presencia de intereses compartidos y cristalizados en instituciones de corte liberal funcionará para muchos como freno ante una supuesta guerra. Las instituciones brindan información, prescriben conductas, otorgan voz y voto a todos los grandes miembros del sistema internacional y funcionan como foro de discusión, canalización de reclamos y armonización de intereses . La ONU, el Banco Mundial, el FMI, la OMC, los sistemas financieros internacionales, el libre comercio y la igualdad soberana de los Estados fueron tan funcionales para Estados Unidos como lo fueron para China. El orden creado y consolidado desde la segunda posguerra no es solamente un orden occidental ni un orden norteamericano, es un orden liberal, uno en el que China ha encontrado sus grandes posibilidades de crecimiento. Los costos de reemplazar este orden son altos y los beneficios no son claros. Simplemente no hay opciones claras de cambio. Las instituciones que ataron a los Estados Unidos en el pasado atarán a China en el futuro. La transición hegemónica podrá modificar las posiciones relativas de poder, pero no podrá cambiar el orden internacional en el que vivimos .

China no piensa igual. Su poder económico, político y militar ya no es el que era y hoy demanda mucha más participación en instituciones que poco han cambiado desde hace 70 años. La solución de China está pasando por crear instituciones paralelas: El foro de los BRICS, el Banco de desarrollo de los BRICS, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB). Instituciones con reglas propias y distintas, en las que la participación china es predominante y los Estados Unidos tienen escaza injerencia . El orden liberal está encontrando un competidor. Las instituciones del viejo orden, con sus recurrentes problemas de legitimidad, probablemente poco importen para China frente a la posibilidad de una Guerra total. Sus reemplazos ya están a la espera. Pero en la ausencia de valores e intereses compartidos, el mecanismo de cambio pacífico tiene pocas probabilidades de éxito . Según algunos analistas, es una clara falla por parte de Occidente de aún no haber encontrado una estrategia viable para lidiar con el Islam y el ascenso de China, una falta de habilidad para ponerse al día con los pesos relativos de las civilizaciones que están ganando peso en el mapa internacional .

Asimismo, es importante resaltar que los Organismos Internacionales de los que forman parte los Estados Unidos y China en conjunto son pocos y ampliamente multilaterales. Son muy escasos aún los lazos formales cristalizados en Instituciones bilaterales o regionales que los incluyan. Por el contrario, en reiteradas ocasiones han intentado excluirse mutuamente, como ha sido el caso de las instituciones económicas y financieras creadas por China, el posible Tratado de Asociación Transpacífico, que excluiría a China, o el marcado apoyo y diálogo constante que mantiene Estados Unidos con el ASEAN, del cual China no forma parte. Cuando no hay interacción recurrente, alegan los teóricos liberales, la desconfianza y el dilema de seguridad aumentan su peso .

Otra corriente de fuerte peso entre aquellos que observan un progreso en el Sistema Internacional y una disminución de la probabilidad de nuevas guerras interestatales, el liberalismo democrático, se fundamenta en el hecho de que históricamente las democracias (o al menos aquellas que han logrado cierto grado de desarrollo) no han guerreado entre . Al análisis empírico se le han luego agregado múltiples hipótesis causales, como la baja proclividad de los pueblos a adentrarse en una guerra cuyas consecuencias ellos mismos deberán pagar (el peso de la opinión pública) o el acostumbramiento de los regímenes democráticos a las negociaciones, la resolución pacífica de los conflictos y a no ver el juego político como uno de suma cero (el efecto “cultural” de la democracia”). A pesar de las críticas que se puedan hacer a estos argumentos, lo más relevante en el caso que se analiza aquí es la presencia de un régimen no democrático, autoritario y personalista en un extremo de la soga y el auge de una masa acusada muchas veces por desinformada y fácilmente manipulable y líderes populistas y personalistas (que podrían aprovecharse de la guerra y la creación de un enemigo común para ganar apoyo) en el otro. La propia tesis liberal democrática implica un argumento fuerte a favor de una probable guerra hegemónica entre las grandes potencias que hoy dominan el sistema.

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Potenciando el conflicto; o de cómo la relación China y EEUU es proclive a la guerra

Por su parte, las características del régimen político chino, marcadamente autoritario y centralizado, generan pocas ilusiones de un futuro pacífico. Los actuales conflictos internos de la potencia asiática y los que podría tener a futuro si escasos resultados económicos minan la legitimidad del Partido, podrían llevar a los líderes chinos a apoyar guerras en pos de unir a la nación, probado recurso utilizado por gobiernos totalitarios. El régimen interno de China podría exacerbar antes que atenuar la inclinación hacia una guerra de transición hegemónica. Al mismo tiempo, el elevado sentimiento nacionalista de ambas naciones, comúnmente apelado por sus líderes, puede ser un potente incitador de la guerra .

Asimismo, la creciente importancia del aparato industrial militar en ambos Estados puede ser un factor desestabilizador a futuro, por su poder de presión sobre el sistema político en pos de su perpetuidad. Asimismo, la socialización del peligro como una característica permanente del sistema internacional y el Estado Nación puede llevar a aumentar el rol de los sectores militares . La industria militar de China está transitando un camino desde la importación y la copia hacia la innovación y la exportación, lo que amplía su tamaño e importancia al interior de la sociedad. Aunque China no sea un país democrático y aquellas personas dependientes de la industria militar no jueguen un peso importante en la elección de los líderes, igualmente este nuevo actor político cobra cada día más fuerza y puede llevar a los decisores chinos a tomar decisiones internacionales considerando la necesidad de perpetuidad y expansión de esta industria, multiplicando los peligros que esto implica .

La geografía de Asia, donde China encuentra múltiples competidores y conflictos territoriales, principalmente en los mares que la rodean, y donde Estados Unidos juega un rol fundamental como balanceador estratégico, es otro motivo de preocupación . El balance de Poder, entendido como aquella interacción entre Estados que asegura la supervivencia del sistema previniendo del imperio o la hegemonía de un único Estado o grupo de Estados , se torna crecientemente frágil ante el ascenso exponencial de la potencia asiática. Mantener la paz y la estabilidad en la región será crucial para el ascenso pacífico de China , pero será también un esfuerzo diario. De fallar, estos conflictos son altamente proclives a la rápida escalabilidad . China cuenta con numerosas características (poder agregado, proximidad, capacidad ofensiva, dependiendo la temática, intenciones ofensivas), que hacen más proclive el balance antes que el alineamiento en la región del Asia Pacífico . Así también el creciente poder económico y militar de los vecinos de la región torna poco probable el alineamiento pacífico y más probables las competencias (económicas y militares) derivadas de la inseguridad.

Asimismo, es importante apuntar a aquellos datos que muestran a China como la potencia (y civilización) más violenta, habiendo recurrido al uso de la fuerza en crisis internas e internacionales casi 4 veces más que, por ejemplo, los Estados Unidos . Por tanto, es probable que el balance de poder en el Asia Pacífico conjugue en el futuro no únicamente un balance de poder, sino también un balance contra una amenaza, al menos desde el punto de vista de los Estados menores de la región, que podrían ver con temor no solo la capacidad, sino también las intenciones de China .

Resultado de imagen para china armyAdemás, es importante tener en cuenta que el régimen marcadamente autoritario de la China comunista se diferencia de los regímenes democráticos que comparte los Estados Unidos con la mayor parte de los actores de la región. En este marco, como sucediera en otras ocasiones a lo largo de la historia, el balance estará fundado no solamente en un cálculo racional, temores e intereses comunes, sino también en valores compartidos y estructuras domésticas homogéneas . Junto con la presencia de líderes estratégicos y con dirección casi directa de la política exterior de su país, estos son los casos en los que, cuando el balance se ha roto, ha implicado las mayores guerras y consecuencias para los involucrados .

La teoría de la guerra hegemónica planteada en clave histórica también da motivos para preocuparse. Tucídides nos relata cómo algunos de los factores que llevaron al conflicto más grande de la historia antigua están relacionados con el crecimiento poblacional desproporcionado, que llevó a la búsqueda de recursos en el exterior y la emigración masiva, el fuerte crecimiento comercial marítimo de la potencia en ascenso, el catch up tecnológico, el auge de poder financiero y la marcada diferencia entre los regímenes domésticos de las potencias . Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia.

Desde el punto de vista cultural y de los enfoques sociales, la relación bilateral entre China y los Estados Unidos tiene todas las bases para ser conflictiva. Según Samuel Huntington, las grandes divisiones entre la humanidad y el origen de los conflictos será cultural; el choque de civilizaciones dominará las políticas globales . Las cuestiones de identidad siguen siendo fundamentales para el comportamiento humano, y tal vez pocas civilizaciones sean tan distintas como la occidental norteamericana (creyente en la igualdad y la libertad, el individualismo, el constitucionalismo, los derechos humanos, el libre mercado, la democracia y la separación entre el Estado y la fe, aunque profundamente religiosa) y la china confuciana (creyente en las diferencias naturales de los humanos y su jerarquía social, prácticamente desatendida de la religión y alejada de la idea de democracia). La diferencia entre algunos de sus valores más fundamentales es y será a futuro un claro foco de conflictividad.

Las diferencias entre civilizaciones no son solo reales, son también básicas, mucho más fundamentales que sus ideologías o regímenes políticos. Además, a lo largo de la historia, las diferencias entre civilizaciones han generado los más prolongados y violentos conflictos. ¿Por qué ahora sería distinto? Más aún, cada vez menos aptos para movilizar apoyo y formar coaliciones (nacionales e internacionales) en base a la ideología, los gobiernos y los grupos intentarán cada vez más intentar generar apoyo apelando a la religión común y las identidades civilizacionales. Las diferencias en poder y las competencias militares, económicas e institucionales de poder serán una fuente de conflictos. Las diferencias en cultura, es decir, en los valores y creencias básicos, serán otra fuente . Ambas se potenciarán mutuamente.

Finalmente, el nivel individual no debe ser dejado de lado en el análisis. Mientras que Barack Obama y Xi Jinping han mantenidos relaciones cordiales, aunque con acercamientos y tensiones en distintos momentos y agendas, el futuro de las relaciones interpersonales entre los líderes de ambas potencias no es tan claro. El republicano Donald Trump, quien se perfila como posible sucesor a la presidencia, ha esgrimido una retórica confortativa contra China , la cual podría desencadenar nuevos conflictos en el futuro. Habiendo propuesto fortalecer un mayor despliegue militar en los Mares del Este y del Sur de China , no resultaría extraño pensar que, en su retórica, una guerra con China podría servir “To make America Great Again”.

Ciertas teorías psicológicas podrían asociar a líderes como Trump (o incluso a Hilary Clinton, según ciertas acciones tomadas por esta en el pasado) con un prototipo de líder especialmente problemático, como son aquellos con personalidad dogmática, es decir aquellos con dificultad para incorporar nueva información, condicionados por los prejuicios y sospechosos de cualquier creencia que contradiga su información previa. Algunos también caracterizan a estos líderes por creer constantemente en conspiraciones a su alrededor en contra de sí. Las acusaciones de Donald Trump contra la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos, contra su propio partido y hasta contra el jurado encargado de otorgar los premios Emmy son pruebas claras en este sentido. Muchos han acusado también a Trump de basar su visión del mundo en percepciones erróneas, como aquellas que mantiene sobre la relación entre su país y México o China. Incluso aunque las pruebas fácticas demuestren lo contrario a aquello que denuncia, él ha sido persistente en sus posiciones. Líderes de este tipo han sido particularmente proclives a la guerra a lo largo de la historia.

Conclusión

En el pasado, ni la interdependencia económica, los valores democráticos, la empatía cultural entre los líderes y sociedades, y ni siquiera las armas nucleares bastaron para evitar guerras entre las potencias en ascenso y declive. Más aún, como se ha analizado en el presente trabajo, la relación sino-norteamericana cuenta con todos los elementos que según diversos teóricos y enfoques podrían incrementar las tensiones antes que disminuirlas. La guerra hegemónica no solo es posible. También es probable.

En este marco, las recurrentes tensiones en el Mar de China , Resultado de imagen para mar del sur de china destructorlos ciberataques recíprocos cada vez más comunes , el hecho de que los Estados Unidos retomara el entrenamiento en ejercicios militares para guerras convencionales a gran escala luego de 15 años o la instalación de defensas antiaéreas en los territorios del Asia Pacífico (que podrían quebrar la disuasión nuclear) toman otro carácter. Los Estados suelen creer que sus acciones son legítimas; mientras que el resto del mundo las suele ver con criticismo y preocupación. Los errores de percepción y las consecuentes reacciones, la falta de habilidad para reconocer que las propias acciones pueden ser vistas como amenazantes, la creencia concomitante de que la hostilidad del otro solo puede ser explicada por su agresividad y las profecías auto cumplidas, han sido constantes en la expansión de los conflictos a lo largo de la historia . Desde este punto de vista, podemos decir que ambas partes están jugando su papel en el aumento de las tensiones.

 Según una reciente encuesta del Pew Research Center, 44% de los Chinos tienen una visión positiva de los Estados Unidos. Esto es alentador. Sin embargo, otro 45% ven al hegemón norteamericano como una amenaza creciente. Asimismo, un 75% de ciudadanos chinos entiende que su país juega hoy un papel mucho más importante en el escenario mundial que una década atrás y 80% consideran que sus hijos tendrán un futuro aún más prometedor. Más impactante aún, un sorprendente 77% piensa que el modo de vida chino debe ser protegido frente influencias externas a cualquier costo . La percepción china es la de una potencia en ascenso en todos los ámbitos, que desea seguir creciendo en bienestar e importancia en el panorama internacional, mientras que la de Estados Unidos es la de una potencia en declive (56% de los padres encuestados creen que sus hijos estarán peor que ellos en el futuro). Si recordamos que la Trampa de Tucídides opera sobre las percepciones y las potencialidades, estos datos no son menores.

Cuando las partes pudieron evitar la guerra, requirió enromes y dolorosos ajustes en las actitudes y acciones tanto de la potencia en ascenso como de la declinante. El político inglés Andrew Bonar Law dijo hace ya más de 100 años que no existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallo del hombre. Pero escapar a la trampa de la historia no será fácil y requerirá de enormes esfuerzos, fortalecimiento de la comunicación y mayor entendimiento recíproco. Tal vez únicamente un proceso de socialización recíproco que modifique cómo se ven estas potencias mutuamente pueda evitar una guerra sin precedentes . Lo hecho hasta el momento ciertamente no será suficiente. De seguir en este camino, el fin de la Pax Americana y la guerra hegemónica podría estar mucho más cerca de lo que creemos.

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*El presente artículo es una extensión del artículo original “El ascenso de China y la Guerra Hegemónica” publicado en la Revista DEF en la edición de Abril 2017*El presente artículo se enmarca en un Proyecto de Investigación del Instituto de Ciencias Sociales de Fundación UADE.
Lautaro Nahuel Rubbi

Autor

Lautaro Nahuel Rubbi

Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE) - Lic. en Política y Administración Pública (UADE) - Posgrado en Seguridad Internacional, Desarme y No Proliferación (NPSGlobal) - Actualmente cursa la Maestría en Estudios Internacionales en la U. Torcuato Di Tella - Investigador y becario del CONICET - Lrubbi@estadointernacional.com

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