La muerte de la leyenda

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50 años después de su fusilamiento, nada hacía presagiar que el hijo mayor de los Guevara, de familia acomodada, acabaría sus días como el guerrillero más famoso del planeta: el Che.


Ernesto Guevara nació, creció y pasó más de la mitad de su corta vida en Argentina. “Siempre estuvo al tanto de lo que pasaba en el país, leía las noticias, preguntaba. Mantenía una argentinidad permanente, nunca dejó de hablar en argentino, tomaba mucho mate y cantaba tangos muy desafinadamente, según dicen. Los cubanos siempre dicen que era muy argentino, dueño de una ironía muy filosa”, cuenta Pacho O’Donnell, conocido historiador argentino y autor de una respetada biografía del Che; de hecho, la familia Guevara-Lynch acabó en Córboba por consejo del padre de O’Donnell, un reconocido pediatra de Buenos Aires que recomendó al muchacho menos medicinas y más clima seco.

El historiador recuerda además que el Che nació y murió argentino, porque poco antes de partir a su última aventura en Bolivia, donde lo mataron, renunció a la nacionalidad cubana en una famosa carta a Fidel Castro: “Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba”. Sin embargo, sus restos descansan en Santa Clara, en Cuba, y nadie en Argentina ha pensado en reclamarlos.

Argentina apenas recuerda a uno de sus ciudadanos más universales, tal vez el más famoso junto con Maradona y el papa Francisco. Aparte de la casa natal en Rosario y la de Alta Gracia donde pasó su infancia y adolescencia, que se convirtió en museo en 2001, apenas hay calles dedicadas. No hay prácticamente homenajes oficiales en ningún lugar del país. “Es un personaje polémico y mucha gente se pregunta, ¿y qué hizo el Che por Argentina? Ven que luchó en Cuba, en África, en Bolivia, pero no acá”, afirman los lugareños.

Ernesto Guevara, el niño asmático que no era muy buen estudiante pero sí leía de todo desde los cuatro años y hablaba varios idiomas, como era habitual en la clase alta argentina, no destacaba ni mucho menos por esa dureza que le hizo famoso. “El Che no es violento por personalidad. Estudié mucho su infancia para la biografía. Era conciliador. La violencia aparece en Guatemala. Llega como un aventurero que pensaba en ser médico en leprosarios. Pero ve cómo derrocan a Jacobo Arbenz con apoyo de la CIA. Conoce a su primera mujer, Hilda Gadea, entra en contacto con el marxismo y conoce a los primeros castristas. Ahí decide que solo se puede combatir al imperialismo con la violencia”, explica O’Donnell.

“Siempre estuvo obsesionado por la pureza. Murió y mató por sus ideas. Pero fue cambiando. En África y Bolivia ya no se encona con los desertores. Estaba condicionado para un destino trágico. Por eso tiene todas las características del mito. Por eso sus contemporáneos, De Gaulle, Kennedy, Mao, están en los libros o documentales, pero el Che está en las calles, en las manifestaciones, en las protestas. La sociedad que lo mató lo mantiene vivo”, remata.

EL MOMENTO FINAL

El agente cubano de la CIA que participó en la captura del Che Guevara en Bolivia, Félix Rodríguez, asegura que el cuerpo de inteligencia estadounidense quería vivo al guerrillero para interrogarlo, pero el Gobierno de Bolivia ordenó su ejecución. “Traté de salvarlo sin éxito”, afirma.

“Nosotros recibimos la información de la captura del Che el domingo 8 de octubre por la mañana. Se había entrenado a un grupo de soldados jóvenes que hablaban el quechua, el aymara y el guaraní para que fueran adelante del batallón a buscar inteligencia e información en ropa de civil, porque así era más fácil hablar con el campesinado. Y esta gente en ropa de civil regresa el siete por la noche, sábado, y le da la información al capitán Gary Prado de que un campesino les había enseñado un área que se llamaba la Quebrada del Yuro donde estaban escondidos los guerrilleros.

Entonces, con esa información, el capitán Gary Prado rodea la Quebrada del Yuro el siete por la noche. Y el domingo ocho de octubre empieza a avanzar por la mañana y ahí empieza el tiroteo. En esa operación el Che es herido en la pierna izquierda, un balazo entre la rodilla y el tobillo, pero nada de peligrosidad. Ahí mueren la mayor parte de los guerrilleros y algunos soldados, y ahí es donde cae preso el Che Guevara.Y en el momento en que lo van a agarrar, según cuentan los soldados, el Che les dice: “No tiren que yo soy el Che. Yo les valgo más vivo que muerto”.

 

De ahí, ellos me mandan la información por la mañana en código, que decía: “Papá cansado”, lo que significaba que el líder de la guerrilla estaba preso y vivo. Pero no sabíamos si “Papá” era el Che Guevara o si era Inti Peredo, que era el líder de la guerrilla por la parte boliviana. Así que volamos al área de operaciones y ahí nos verificaron que “Papá cansado” era el Che Guevara.

Al día siguiente, nueve de octubre, lunes, a las siete de la mañana despegamos en un pequeño helicóptero pilotado por Niño de Guzmán. Aterrizamos al lado de la escuela donde estaba el Che preso y estaban esperándonos todos los oficiales del batallón, entre ellos el teniente coronel Selich que tenía toda su documentación. El Che tenía unas libretas negras escritas a máquina de escribir y firmadas por un tal Ariel, que eran los mensajes que él recibía de Cuba. Aunque él no podía transmitir a Cuba ya que Cuba le dio a propósito un transmisor roto, porque a él lo mandan allá para que lo maten. Porque el Che era prochino y Cuba dependía de la URSS. Es decir, los soviéticos no tenían ningún interés en que el Che Guevara triunfara en Bolivia. Lo dejaron solo, para que lo mataran ahí, definitivamente.

Fue más tarde cuando yo le pido al coronel si me puede facilitar la documentación del Che para fotografiarla para mi gobierno y le da orden al teniente coronel Selich de que me la entregue. Se me entrega y me voy a trabajar con la documentación a otro lugar. Iba fotografiando el diario y regresaba a hablar con el Che. Entraba y salía constantemente, desde la mañana hasta la una de la tarde. Estando en eso suena el teléfono y uno de los soldados me dice: “Mi capitán, una llamada”. Voy hasta el teléfono y me dan “órdenes superiores: 500–600”. Era un código muy sencillo que habíamos estipulado.

500 era el Che Guevara.

600 muerto.

700, manténgalo vivo.

Pido que me repitan. Me vuelven a confirmar.

“Órdenes del alto mando: 500–600”.

Cuando Zenteno Anaya, jefe militar boliviano, viene lo llamo aparte y le digo: “Mi coronel, han llegado instrucciones de su gobierno de eliminar al prisionero. Las de mi gobierno son tratar de salvarle la vida; tenemos helicópteros y aviones para llevarlo a Panamá y hacerle un interrogatorio”. Él responde: “Mira, Félix, son órdenes del señor presidente y señor comandante de las Fuerzas Armadas”. Miró su reloj y me dijo: “Tienes hasta las dos de la tarde para interrogarlo. Y a las dos de la tarde lo puedes ajusticiar de la forma que tú quieras porque sabemos el daño que le ha hecho a tu patria. Pero yo quiero que a las dos de la tarde tú me traigas el cadáver del Che Guevara”. Y yo le respondí: “Mi coronel, he tratado de hacerle cambiar de idea, pero si no hay una contraorden le doy mi palabra de hombre de que yo le llevo el cadáver del Che”.

La reacción de Guevara, al serle comunicada la orden, fue inminente: “Mejor así. Yo nunca debí haber caído preso vivo”.

Susana Gil Rodríguez

Autor

Susana Gil Rodríguez

Licenciada en Ciencias de la Información, Rama Periodismo (Universidad San Pablo CEU de Madrid). Redactora en múltiples medios periodísticos de índole nacional e internacional

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