La Política de Hijo Único en China, ¿salvación o condena nacional?

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El de China seguramente sea el caso de control demográfico más famoso de la historia a nivel internacional. Sin embargo, a pesar de que el gobierno chino mantiene que la esta política ha sido clave para lograr los niveles de desarrollo hoy alcanzados, sus resultados siempre han sido discutidos. Un análisis en profundidad revela como, además de las diversas violaciones a los Derechos Humanos que implicó, los resultados de esta política en términos de desarrollo económico fueron dudosos y sus consecuencias sociales muy profundas y no siempre positivas.


La política china de fertilidad de un hijo por pareja fue lanzada como una medida de emergencia para frenar el crecimiento de la población al comienzo de las reformas económicas chinas. Se lo puede considerar como el experimento social más grande y extremo en el control del crecimiento de la población a través de la intervención del gobierno en la reproducción humana en la historia mundial (Wangfeng, 2005).

A finales de los años 70 China, el país más poblado del mundo, que en décadas anteriores y bajo la guía de Mao Zedong fomentó altos índices de natalidad, cambió diametralmente su política demográfica y prohibió a la mayor parte de las familias que tuvieran más de un hijo. Tras la muerte de Mao en 1976 y de acuerdo con las nuevas teorías que preconizaban grandes desastres como consecuencia de la superpoblación mundial, China comenzó a lanzar estrictas medidas de planificación familiar que comenzaron con un límite de dos hijos por pareja y en 1979 se redujeron a un solo vástago.

El régimen de Deng Xiaoping argumentó que el rápido crecimiento de la población retrasaría el logro de las «cuatro modernizaciones» (en la industria, la agricultura, la ciencia y la tecnología y la defensa) al obstaculizar el logro del pleno empleo y reducir los aumentos en la acumulación de capital, los estándares de vida y la educación (Bongaarts y Greenhalgh, 1985). Vale resaltar que, en ese momento, China era el hogar de una cuarta parte de la población mundial, que ocupaba sólo el 7 por ciento de la tierra cultivable del mundo, por lo que la medida buscaba aliviar los problemas ambientales y sociales de China que existían en ese momento y que se predecían para el futuro de mediano y largo plazo (Hesketh, XXX). Es así como la política de un solo hijo fue el resultado de una serie de cálculos sobre las supuestas relaciones entre el crecimiento macrodemográfico y el macroeconómico, al mismo tiempo que se ignoraron en gran medida los posibles efectos microsociales sobre la unidad familiar y los efectos de más largo plazo sobre la composición del entramado social (Bongaarts y Greenhalgh, 1985).

Para el régimen, esta política nace oficialmente el 25 de setiembre de 1980, cuando una circular del Partido Comunista de China ordenaba a los miembros de esa formación y a los de la afín Liga de la Juventud Comunista que tuvieran solo un hijo, una norma que después se aplicaría a toda la población nacional. El partido estructuró una amplia burocracia de trabajadores en la “planeación familiar” para fortalecer la política, a veces con violencia. También se impulsó un cuerpo médico encargado de llevar a cabo las medidas de planificación familiar más extremas conocidas hasta la fecha. Los principales métodos para hacerlo fueron la promoción de la anticoncepción. Algunas de las medidas de aplicación más estrictas durante este tiempo incluyeron la inserción del DIU por mandato estatal para todas las mujeres con un hijo y la esterilización de parejas, generalmente de la mujer, con dos o más hijos (Greenhalgh, 1994).

Además de las medidas médicas, la política se implementó mediante un conjunto de incentivos positivos y negativos. El lado atractivo implicaba la preferencia en las oportunidades educativas, la atención de la salud, la vivienda y las asignaciones de trabajo. Por otra parte, no cumplir con esta política podía llevar desde el pago de elevadas multas, muchas veces imposibles de pagar, hasta pérdidas de trabajo o aumentos en los costos de ingreso a escuelas o medicina para los segundos hijos, por lo que los padres tenían que dejar a sus hijos en orfanatos o hasta tenerlos en secreto sin registrarlos, entre otras consecuencias. Los empleados del estado perdían su trabajo y los miembros del partido sufrían la expulsión (Golley, 2017).

A pesar de esta estructura de incentivos, la política nunca se ha aplicado estrictamente de manera uniforme en el tiempo o en el espacio en China. La política en papel era clara: un hijo por familia, pero en la práctica, fueron necesarias ciertas excepciones. Por ejemplo, en el caso de minorías étnicas, debido a las fuertes diferencias sociales y religiosas, la política fue aplicada de forma gradual, con un límite de hasta dos hijos. De igual forma, en el campo, la resistencia fue especialmente intensa, en parte porque ahí se prefería a los hijos de sexo masculino que pudieran ayudar con el trabajo agrícola, por lo que tácticamente y a lo largo del tiempo, se permitió un segundo hijo cuando el hijo mayor es mujer. Tradicionalmente, la familia china busca tener hijos hombres, pues son ellos quienes impulsan el trabajo físico y sostienen a sus padres. Además, para promover el trabajo agrícola, en ciertas zonas se permitieron abiertamente dos hijos sin importar el sexo. En la década de 1990, el control de la población ya se había convertido en un régimen de políticas múltiples. Otras modificaciones a nivel local continuaron produciendo numerosas categorías de excepciones (Wangfeng, 2005).

A partir del año 2013 el gobierno comenzó a flexibilizar su política de control y permitió a los padres que solo tenían un hijo a tener un segundo, reconociendo de esta manera el envejecimiento de gran parte de la población. Dos años más tarde, el límite se incrementó a dos hijos para toda la población. Sin embargo, esta flexibilidad no ha tenido el efecto que deseaban las autoridades ya que la esperada explosión natalicia, aún no ha llegado. En ese mismo año, inmediatamente después de que se permitiera el segundo hijo, nacieron 17,9 millones de niños, según la Oficina Nacional de Estadísticas. Tan solo 1,3 millones más que en 2015 y la mitad de lo que anticipaba el Gobierno. Y, pasada la euforia inicial, en 2017 la cifra fue aún menor, 17,2 millones de nuevos bebés, aproximadamente 630.000 nacimientos menos que el año anterior. Muy lejos de los 20 millones que calculaban los funcionarios. La fecundidad por debajo del nivel de reemplazo en China, al igual que en otras sociedades, está impulsada en gran medida por las fuerzas cada vez más globales del desarrollo social y económico (Cai, 2010). Muchos comentaristas se apresuraron a denunciar la nueva política como «demasiado poco y demasiado tarde». Enfatizaron los enormes costos de la Política de un solo hijo y criticaron al gobierno chino por su insistencia en retomar el control, en lugar de dejar ir, de la planificación familiar y dar a las parejas chinas la plena libertad de determinar su propio tamaño de familia (Golley, 2017).

Aunque se puede decir que los objetivos principales del gobierno se lograron a través de estas medidas extremas, ha sido a un costo humano extraordinario. La aplicación draconiana de estas políticas, combinada con las consecuencias no deseadas para las familias, y la preferencia cultural por los niños varones, tendrá un impacto perdurable en el futuro del país (ONU 2017). Para sus críticos, la política de un solo hijo es una contundente violación de los derechos humanos básicos y una intrusión en la libertad reproductiva de las personas y las familias (Wang et al. 2012). Según datos del Ministerio de Sanidad chino, desde 1971 hasta 2013 se han realizado en China 336 millones de abortos y 196 millones de esterilizaciones. Además, se han distribuido un total de 403 millones de aparatos intrauterinos para impedir la fecundación (Teh, 2008).

Las estrictas medidas aumentaron los abortos selectivos y los abandonos de niñas por familias que preferían tener un hijo varón, lo que desencadenó otros problemas, como el desequilibrio de sexos o el tráfico de bebés y esposas, se sabe que en algunos pueblos chinos apenas hay mujeres debido a la citada preferencia por tener chicos y no chicas. Algunos efectos secundarios han sido considerados incluso violaciones de los derechos humanos, tales como la aplicación de esterilizaciones y abortos forzosos, en algunos de gestación muy avanzada, a matrimonios que se saltaron la ley. El impacto social de esta política obligaba de forma tácita a que las mujeres embarazadas a buscar otros países para dar a luz a su segundo hijo (Myers & Ryan, 2018).

Además, la política fue considerada por muchos un tanto clasista, ya que las multas por tener más de un hijo -en general equivalentes a un año de ingresos, aunque varían según la ciudad- son muy elevadas para personas de clase baja, pero son llevaderas por los ricos, por lo que muchos de ellos se saltan la ley.

La política de un solo hijo es criticada no sólo por la incertidumbre demográfica que ha causado. Más fundamentalmente, se considera una política mal concebida que ha impedido que las personas y las familias chinas tengan el número de hijos que desean. Es una política que ha alterado por la fuerza a la familia y a los parientes de muchos chinos, ha contribuido a un desequilibrio en la proporción entre los sexos al nacer y ha producido efectos que se dejarán sentir durante generaciones, y su carga recae de manera desproporcionada en las numerosas parejas que se vieron obligadas a tener un solo hijo. La historia recordará la política china de un solo hijo como la más extrema y amplia intervención estatal en la reproducción humana en la era moderna. Es probable que la historia también vea esta política como un error muy costoso, nacido del legado de un sistema político que planificó las cifras de población de la misma manera que planificó la producción de bienes. Muestra el impacto de un proceso de formulación de políticas que, en ausencia de deliberaciones públicas, transparencia, debate y rendición de cuentas, puede causar un daño permanente a los miembros de una sociedad (Wang et al., 2012).

En términos de costos políticos, para implementar una política de fertilidad que va en contra de las preferencias de la mayoría de las parejas chinas el gobierno ha pagado un alto costo político. En la década de 1980 era común escuchar informes de enfrentamientos violentos entre los funcionarios locales de control de la natalidad y los campesinos que implicaban la confiscación o destrucción de la propiedad y el abuso físico. La esterilización forzada y el aborto inducido no sólo invitaron a la hostilidad y la resistencia de la población, sino también a la aguda crítica de la comunidad internacional (Wangfeng, 2005).

Respecto de las consecuencias de esta política en el desarrollo económico y social actual de China, actualmente existen muchas pruebas que sugieren que el potencial `dividendo’, `regalo’ o `bono’ demográfico asociado con la transición demográfica de un país hacia una fecundidad y un crecimiento demográfico más lentos y, por lo tanto, un porcentaje cada vez mayor de la población que participa en la fuerza de trabajo, en lugar de depender de ella, puede ser sustancial. En el caso de China, según algunas estimaciones, este dividendo demográfico puede explicar hasta una cuarta parte del crecimiento de su renta per cápita desde los años ochenta. Como la economía de más rápido crecimiento del mundo durante este período, esto se ha convertido en una donación sustancial.

Los actuales dirigentes de China atribuyen fácilmente el papel de la política de un solo niño en el logro de este objetivo, afirmando que evitó 400 millones de nacimientos durante sus tres primeras décadas. Si bien un análisis más cuidadoso por parte de los demógrafos sitúa la cifra cerca de los 250 millones, no cabe duda de que el crecimiento demográfico de China se ha ralentizado sustancialmente desde 1980, y que la política de «un solo niño» contribuyó de manera significativa a esta ralentización. Con el aumento de los ingresos per cápita ha mejorado la nutrición, los niveles de educación, la esperanza de vida y el nivel de vida de la gran mayoría de la población china. La política de un solo niño, por controvertida que sea, merece cierto reconocimiento por estos resultados (Golley, 2017).

Sin embargo, a pesar de todos los beneficios derivados de la política, los costos asociados con ella se han hecho evidentes y están aumentando: una proporción creciente de ancianos con apoyo inadecuado del gobierno o de la familia, un número desproporcionadamente alto de nacimientos masculinos atribuibles al aborto selectivo por sexo, mayores tasas de mortalidad infantil y en la niñez, y el colapso de un sistema gubernamental creíble de reporte de nacimientos (Wangfeng, 2005). Las autoridades advirtieron que China podría perder su posición como principal proveedor mundial de mano de obra barata. “En la actualidad, hay seis trabajadores activos por ca-da jubilado, pero esa relación podría llegar a ser de dos por cada uno, entre 2030 y 2050”, según datos del Comité Nacional sobre Envejecimiento. Los funcionarios dijeron que la economía sufrirá, ya que habrá menos personas trabajando y más personas que requieren manutención (Pan, 2017). Se calcula que la fuerza laboral en China podría perder 100 millones de personas entre 2020 y 2035. Y luego otros 100 millones entre 2035 y 2050 (Lee Myers y Mitchell Ryan, 2018).

Cuando se introdujo la política en 1979, el gobierno chino afirmó que se trataba de una medida a corto plazo y que el objetivo era avanzar hacia una cultura voluntaria de familia pequeña (Hesketh, 2005). Sin embargo, el gobierno se encuentra hoy día frente a la paradójica necesidad de revertir esa cultura que ha ayudado a promover. Al año 2019, a casi tres años de suavizar la política del “hijo único” y permitir a las parejas tener dos hijos, el gobierno ha comenzado a reconocer que no ha tenido éxito en sus esfuerzos por incrementar los índices de natalidad del país, pues los padres deciden no tener más hijos (Arana, 2015). Ahora los funcionarios analizan nuevas formas de estimular la natalidad, preocupados de que la inminente crisis demográfica pueda poner en peligro el crecimiento económico y socave el poder del Partido Comunista. Se trata de un giro alarmante para el partido, que hasta hace poco imponía multas a la mayoría de las parejas que tenían más de un hijo y que obligó a cientos de millones de mujeres chinas a practicarse abortos y cirugías de esterilización.

Como consecuencia de unas tasas de fertilidad muy bajas, una esperanza de vida cada vez mayor y una inmigración internacional insignificante, China está envejeciendo muy rápidamente. En ausencia de un nivel de vida y de una red de seguridad social comparable a la de otras sociedades que envejecen, ha hecho que China se distinga como un país que ha envejecido antes de enriquecerse. Los expertos afirman que el gobierno tiene pocas opciones, además de tratar de alentar el incremento de los nacimientos. China envejece a gran velocidad y deja una fuerza laboral reducida para sustentar a una población que cada vez es más vieja y longeva. La «pirámide de población» de China no es realmente una pirámide en absoluto – en las próximas décadas, se parecerá más a un solo pilar atascado apuntalando a un floreciente grupo demográfico de personas mayores nacidas antes de 1979 (ONU 2017).

El rápido envejecimiento de la población aumentará la presión sobre los fondos de pensiones y la mano de obra y las familias afrontarán una presión sin precedentes para hacerse cargo de sus mayores. Según datos oficiales de 2018, el número de personas mayores de 65 años en China es de 166,6 millones, un 11,9% del total, pero debido al paulatino decrecimiento de la población la proporción de adultos mayores se incrementará rápidamente a lo largo de las próximas décadas. El descenso de población, unido al envejecimiento, hará que el número total de personas en edad de trabajar -de 15 a 59 años- caiga hasta los 700 millones en 2050 desde los 897,3 millones actuales, una caída del 22 %. Hoy en día, la proporción es de aproximadamente siete trabajadores por jubilado, y para 2050, cuando la población de China sea 100 millones de personas menos de lo que es hoy en día, sólo habrá dos trabajadores por jubilado (ONU 2017). “En unos años, China tendrá más ancianos que ningún otro país del mundo, con mucha diferencia, y se tendrá que convertir en líder de los países en vías de desarrollo a la hora de abordar los problemas de los jubilados” (Pan, 2017).

No está claro si eliminar el límite de los dos hijos marcará una diferencia. Al igual que en otros países, en las ciudades chinas las mujeres preparadas académicamente posponen el nacimiento de sus hijos para cumplir con sus metas profesionales. El deseo de tener más descendencia es limitado. Como ocurre en muchas otras sociedades, el coste económico de la educación de un segundo hijo, o de una vivienda en la que quepan al menos cuatro personas, echa para atrás a muchas parejas jóvenes. Parejas, en muchas ocasiones, hijos únicos ellos mismos y a los que se ha inculcado toda su vida que el modelo familiar ideal era el de un padre, una madre y una sola criatura. Frente a esta realidad, algunas provincias han emprendido ya medidas como prolongar el permiso de maternidad; otras se plantean bonificaciones por cada nuevo hijo.

La experiencia de otros países muestra que el aumento de la fecundidad es probablemente una tarea aún más difícil que su reducción (Wang et al. 2012). Parece ser más fácil animar a la gente a tener menos hijos que a tener más. Esto parece sugerir que una mayor relajación de las restricciones de planificación familiar -o incluso un cambio ideológico hacia el fomento de la procreación- podría no lograr un aumento sostenido y significativo de la procreación (Basten y Jiang, 2010). En otras palabras, una vez que las tasas de natalidad se han reducido, aumentarlas nuevamente es una tarea mucho más costosa y generalmente infructuosa, lo que puede condenar a un país al estancamiento económico y social. La lección en este sentido es clara: el control estatal de natalidad es complejo de llevar a cabo, suele tener más consecuencias adversas que beneficios y suele ser difícil de volver atrás.

La política del “hijo único” también dio como resultado el nacimiento de más niños que niñas. Algunos padres recurrieron al aborto a causa de que sus fetos eran niñas, lo cual reflejó la preferencia tradicional de tener niños, a pesar de que los abortos selectivos estaban prohibidos. Debido a eso y a otros factores, ahora hay menos mujeres que puedan contraer matrimonio y tener hijos.

Además de estas importantes consecuencias sociales y económicas, que impactarán el futuro de China en los años por venir, vale la pena preguntarse hasta qué punto esta controvertida política logró sus objetivos propuestos o, en otras palabras, si los terribles costos valieron la pena.

Según el gobierno de Beijing, que mantiene que, de no haberse impuesto esta política, hoy en China vivirían entre 300 y 400 millones más de personas, esto contribuyó a la mejora de muchos indicadores sociales, como la renta per cápita, la esperanza de vida (ahora de 75 años), la extensión de la educación o la disminución en el número de personas que viven en la pobreza (unos 600 millones hace tres décadas, 70 millones en la actualidad). Basándose en la existencia de una correlación directa entre el crecimiento demográfico descontrolado y el desarrollo económico (relación que, como ya se ha analizado anteriormente, dista de estar sólidamente comprobada), autores como Li y Zhang (2007) proponen que, mientras que la política de control de la natalidad tiene muchos aspectos negativos para los seres humanos, la política de un solo hijo puede haber contribuido al rápido crecimiento de la economía china desde finales de la década de 1970.

Sin embargo, dado que la fertilidad en China ya estaba en declive en el momento que se implementó esta política, algunos argumentan que tuvo menos peso en sus resultados de los que sus defensores consideran. Además, la versión exitosa de la política promovida por el gobierno es refutada por las afirmaciones de varios académicos de que el rápido desarrollo económico por sí solo habría reducido sustancialmente la fecundidad, como ha ocurrido en muchos otros países en desarrollo, como Tailandia, donde la tasa total de fecundidad disminuyó de 5-6 en 1970 a 2-1 en 1990. Esta posibilidad plantea la pregunta obvia de si la política de un solo hijo fue alguna vez necesaria (Zeng y Hesketh, 2018).

Se calcula que al menos el 70% de la disminución de la fecundidad desde 1970 hasta la actualidad se logró antes de la puesta en marcha de la política de un solo hijo, y no después (Whyte et al. 2015).

Por otra parte, el problema de cálculo de los «400 millones de nacimientos evitados» es que ignora totalmente la fuente más significativa de la disminución de la fecundidad en todo el mundo: el desarrollo económico. Como dice el eslogan popular, «el desarrollo económico es el mejor anticonceptivo» (Whyte et al. 2015). Cai (2010), a través de un análisis comparado entre diversas provincias chinas con regímenes de control diferentes llega a la conclusión de que a lo largo del tiempo todas han confluido hacia un nivel de fecundidad relativamente bajo, incluso sin la política de un solo hijo. En sus palabras, “es evidente que no se puede atribuir la disminución de la fecundidad de China principalmente a la política de planificación de la natalidad, especialmente a la política de un solo hijo”. La comparación presentada sugiere que el desarrollo socioeconómico desempeña un papel decisivo en la transición hacia una fecundidad por debajo del nivel de reemplazo en China, al igual que en otras sociedades. El análisis demuestra que la voluntad política no es la dominante, y mucho menos el único factor que determina la variación de la fecundidad local (Cai, 2010).

 

Lautaro Nahuel Rubbi

Autor

Lautaro Nahuel Rubbi

Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE) - Lic. en Política y Administración Pública (UADE) - Posgrado en Seguridad Internacional, Desarme y No Proliferación (NPSGlobal) - Mg. en Estudios Internacionales (UTDT) - Candidato a Dr. en Estudios Internacionales (UTDT) - Becario doctoral del CONICET Lrubbi@estadointernacional.com

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