La tradición como condena de la mujer

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Cada tres segundos, y  en pleno siglo XXI, una niña que todavía no ha cumplido los 18 años es obligada a casarse; mientras, unos 70 millones de adolescentes de entre 15 y 19 años, son víctimas de algún tipo de violencia física a lo largo y ancho de este planeta. Y es que la ONU es la primera institución que recoge el testigo: nacer mujer en la actualidad puede ser la mayor de las injusticias.


En todo el mundo, cerca de la mitad de las niñas cree que está justificado que un hombre golpee a su mujer o compañera bajo determinadas circunstancias, como por ejemplo si rechaza tener relaciones sexuales, si abandona la casa sin permiso, si discute, si descuida a los niños o si quema la cena”, explica Unicef. Parece, ante lo expuesto, que cualquier excusa es buena para tolerar, perpetuar e incluso justificar la violencia.

Llevamos en la misma tesitura desde el comienzo de los tiempos, desde el instante preciso en que nació la Humanidad. El abuso de la fuerza nos acompaña e incluso nos persigue desde que empezamos a descender de los árboles y a erguirnos sobre las dos piernas. Sin embargo, dados los datos mencionados, en poco nos diferenciamos de los grandes simios: es más, no creo que ellos violen a sus compañeras, razón que me hace dudar del lugar que ocupa la supuesta evolución del ser humano…

Uno de los principales argumentos para acabar con la vorágine del dominio se basa en la educación, en conocer los derechos que toda mujer -y cualquier niña, evidentemente- posee y hacerse valer.

Pero la cuestión no es, ni mucho menos, fácil ni sencilla; de hecho, si así fuera ya habríamos acabado hace milenios con la violencia y el abuso. Porque de lo que realmente se trata, el quid del problema, no se define en obtener un buen expediente académico en la escuela o en la Universidad -sin querer desvalorizarlo, por supuesto- sino en poner término final a una mentalidad, a un conjunto de tradiciones y costumbres que, más que una losa, forman una cortina de acero inoxidable que no deja atravesar progreso alguno. Desvirtuando todo tipo de relación y devastando los conceptos que representan ser hombre y mujer, en su sentido más amplio.

LA RELEVANCIA DE LA CULTURA

Existen un gran número de factores que pueden conducir a las familias a tomar la decisión de casar a sus hijos -a sus hijas, predominantemente- a muy temprana edad: desde la pobreza a tradiciones muy arraigadas, pasando por la falta de educación de los padres, los conflictos armados o las crisis humanitarias. Según denuncia la organización Plan Internacional, “en todo el mundo, 700 millones de mujeres se casan antes de alcanzar la mayoría de edad; de ellas, 250 millones tienen menos de 15 incluso. La mayoría, matrimonios forzados. Es más, 14 millones de menores son obligadas a casarse al año, 39.000 cada día. La tradición explica, en parte, esta práctica. En India, Bangladesh o Nepal, es común que los progenitores elijan un varón para que sus hijas se desposen durante la adolescencia”.

“La cuestión es sobre todo cultural”, explica Concha López, directora de Plan International para España, “en países y regiones donde el simple nacimiento de una niña, en lugar de un varón, es visto como problema; donde la madurez se alcanza con el desarrollo hormonal y donde casarse temprano, en muchas ocasiones, se traduce en honrar a los familiares y hacerles partícipes de ciertos beneficios económicos”.

“En Níger tenemos el porcentaje más alto de matrimonios infantiles. El 75% de las chicas se casan antes de cumplir los 18. La primera razón es que dejan la escuela. Vuelven a casa de sus padres y como no saben qué hacer con ellas o cómo protegerlas de que se queden embarazas para deshonor de la familia, las casan. El segundo motivo es económico en tanto que enlazarlas con alguien bien posicionado supone una ayuda para la familia”, comenta al respecto Ramatou Kane, trabajadora de Plan Internacional.

Y es que la existencia de un entorno en el que la niña crece, con estrictas y anquilosadas normas de género que siempre tienden a mejorar la posición del hombre, conforma una de las primeras dificultades a solucionar. ¿Cómo se puede luchar contra una idea general equivocada, contra un concepto erróneo pero en el que casi todos están de acuerdo, aunque sea por conveniencia o interés?

Sólo hay que observar la fuerza de la creencia, de que -por lo visto- casarse con una menor de edad es una de las mejores decisiones que se pueden realizar en esta vida. En el siguiente ejemplo se resume la perspectiva de un adolescente: “debo escoger una novia más joven que yo para así controlarla. Si me caso con una mujer mayor, ella intentará tener autoridad sobre mí, y tal vez no me satisfaga sexualmente”.Foto: Flickr

LA DEPENDENCIA ECONÓMICA

Además del peso de la escasa formación -tanto individual como colectiva- en el que nacen estos comentarios, otra de las razones por las que una niña se casa con un hombre que, muy a su pesar, puede que la doble la edad, es la dependencia económica que tiene que asumir la joven, salvo contadas excepciones en las que la mentalidad de la familia se abre a otras ya posibles alternativas.

De hecho, cuando se actúa eficazmente en la base del fenómeno, en la baja escolarización y educación de las niñas y, en consecuencia, en la futura carencia de recursos económicos y financieros, los matrimonios infantiles se reducen. Es lo que ha ocurrido en Nepal y Etiopía. “Si las familias rompen el círculo de pobreza es más fácil romper los vínculos culturales que legitiman los matrimonios infantiles forzados”, explica la directora en España de Plan International.

Buena demostración de ello es lo que le ha ocurrido a Jessica, de 17 años:  víctima de la violencia doméstica de niña, sufrió un intento de violación de su padrastro y se marchó del hogar materno. Desde entonces, su afán es estudiar. “Estudio Derecho porque quiero ser abogada para defender a las mujeres; no a una, sino a todas”, afirma.

PROGRAMAS EFECTIVOS

Como resultado de todo lo expuesto, se debería instar a los gobiernos de los países afectados y a las organizaciones que trabajan a nivel comunitario a priorizar el apoyo técnico y la financiación de programas para combatir el matrimonio infantil. Ya que, como pone de manifiesto Anna Lucas, coordinadora de la Iniciativa de Salud Materna, Intantil y Reproductiva de ISGlobal, “a pesar de su espectacular crecimiento económico, ¿pueden considerarse emergentes países como India o Nigeria, donde la mitad de las niñas son forzadas a casarse antes de cumplir los 18 años? Asimismo, los programas que educan a los padres sobre los efectos nocivos del matrimonio precoz y les proporcionan alternativas -en forma de subsidios, becas o transferencias de fondos condicionadas a que las niñas sean registradas al nacer, asistan a clase o no contraigan matrimonio- son medidas muy efectivas”.

“Resulta, por tanto, fundamental informar a las niñas en situación de riesgo y a las ya casadas sobre sus derechos, y proporcionarles acceso a servicios sociales y de salud. No son soluciones rápidas pero, cuando se invierte en distintos ámbitos, dan resultado: procuran un mejor estatus de las niñas en sus familias y en las comunidades, evitan o retrasan el matrimonio y mejoran las condiciones de las ya casadas. El problema es que hasta ahora se aplican a pequeña escala y no de forma sistemática, cuando actualmente hay más de 130 millones de niñas en situación de riesgo”, concluye.

Las cartas están sobre la mesa, al descubierto, igual que la salida al matrimonio forzoso. Sólo hay que saber jugar con las alternativas que nos ofrece una información completa y una educación que nos libere de los eslabones de la ignorancia…Foto: Flickr

Susana Gil Rodríguez

Autor

Susana Gil Rodríguez

Licenciada en Ciencias de la Información, Rama Periodismo (Universidad San Pablo CEU de Madrid). Redactora en múltiples medios periodísticos de índole nacional e internacional

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