Lo que reflejamos como sociedad: El caso de Solsiret Rodríguez.

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Hace unas semanas atrás, escribí una columna sobre el feminismo en el cual daba unos puntos por lo cual no estaba de acuerdo, en su totalidad, la desviación del feminismo en la actualidad, con el verdadero sentir de la lucha feminista, por la cual fue iniciada hace muchos años atrás. Sin embargo hay puntos que si coincidimos en absoluto.
 Primero, la inconciencia de las autoridades, la falta de creencia, el “no hay pruebas” y la lentitud en el proceder cuando las mujeres desaparecen, denuncian o  en el peor de los casos, cuando mueren. No hay celeridad y congruencia con lo que el gobierno declara en la lucha de la igualdad de género. Si la Policía, parte esencial del Estado, de la sociedad, no se pone la camiseta de esta lucha, estamos en involución como sociedad. 

Tuvieron que pasar casi cuatro años para que Solsiret Rodríguez fuera por fin encontrada. Según se ha sabido, la estudiante y activista del movimiento #MeToo desapareció el 23 de agosto del 2016, luego de salir de su casa en el Callao, donde vivía con Bryan Villanueva, su esposo. Su cuerpo descuartizado fue encontrado hace unos días en la casa de Andrea Aguirre Concha, pareja de su cuñado

Durante el largo tiempo que pasó desde la desaparición, los padres de Solsiret movieron cielo y tierra para encontrarla. Como han contado, las autoridades a las que recurrieron los ignoraron o, lo que es peor, rechazaron sus pedidos con argumentos ridículos, desesperantes, con los que incumplieron todos los protocolos, obviaron todas las pistas y apenas disimularon su desgana e indolencia. Para ellos, la muchacha «estaba con la cabeza caliente», lo más probable era que se hubiera ido con una nueva pareja, no había desaparecido sino abandonado su hogar, y las personas investigadas eran «chéveres» o «recontra bacanes». Esta situación fue resumida por la madre de Solsiret con una frase lapidaria: «Parece que es un delito ser joven y desaparecer».

Precisamente quisiera empezar por una dura crítica a las autoridades. Una mujer desaparece cada cinco horas en el Perú. Aun así, los policías no quisieron recibir la primera denuncia de la desaparición de Solsiret por dos semanas (el Ejecutivo dice que Dante Pastor, el oficial responsable, fue separado). Cuando al fin procede el caso, el ministro del Interior, Carlos Basombrío, presenta un informe de la Dirincri con fotos antiguas. La policía había usado fotos pasadas del Facebook para decir que la supuesta desaparecida se encontraba en las playas del norte cuando, en realidad, ya había sido cruelmente asesinada.

Una mujer desaparece, malos policías se demoran y hacen un informe falso que un ministro incompetente publica y luego. Luego está la complicidad de la fiscalía. Dos fiscales a cargo, Lucila Aliaga y María Quicaño, que en tres años hicieron poco o nada, siendo la última ahora trabajadora en la Fiscalía de la Nación. A la madre le dijeron que Solsiret seguro se había ido con otro, que se había cansado de los hijos, que era un caso difícil. Este caso se resolvió en 6 meses con otro fiscal.

La falta de empatía con la desesperación, el dolor y la vida ajena es el hilo conductor sobre el que se estructura esta historia escabrosa e indignante. La indiferencia de los policías y fiscales implicados fue tan aguda que evitaron cumplir incluso con sus obligaciones más elementales. Una lógica perversa y cotidiana se esconde detrás de estos hechos: la de algunos malos funcionarios que no comprenden que están para ofrecer un servicio a los ciudadanos y parecen creer que cuando trabajan están haciendo alguna clase de favor.

Es horrible tener que decir que estas personas no pensaron en sus hijas, madres, esposas a la hora de tratar un tema así. Es horrible decirlo porque no tendrían que hacer su trabajo pensando en que la víctima podría haber sido un familiar. Su trabajo es investigar y ayudar a otros. Ayudar a darle paz a toda una familia, a los pequeños de Solsiret que por cierto aún viven con la familia del padre. En esa nefasta casa. Trabajar por otras personas es una vocación y hay quienes no merecen el puesto, por no tenerla.

 El caso de Solsiret Rodríguez nos está permitiendo conocer nuevos extremos de miseria humana, potenciada por la difusión de las redes sociales, cuya falta de filtro a veces las hace funcionar como verdaderas sentinas del alma humana. Asumir la muerte violenta de una persona como un evento puramente fisiológico, como una anécdota aprovechable, olvidando el dolor y la compasión, es de una frialdad y una falta de humanidad, preocupantes. Más que personas, quienes lo hacen se comportan con la moral de las sanguijuelas.

Benny Mallqui Huamán

Autor

Benny Mallqui Huamán

Estudiante de Ciencia Política y representante estudiantil de la facultad de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Nacional Federico Villareal

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