Lo urgente sobre lo importante

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La pregunta de si la Argentina está preparada para el futuro ya tiene por respuesta un no rotundo en las más variadas áreas. Pero la pregunta que sigue es todavía más preocupante: ¿Realmente queremos prepararnos? Por ahora los indicios parecieran apuntar hacia otra negativa.


Muchos saben que a fines del Siglo XIX la Argentina se posicionaba como uno de los países más ricos del mundo, polo de atracción de inversiones y migración calificada. Más aún, una actualización del Maddison Historical Statistics de este año reveló que entre 1895 y 1896 la Argentina tenía efectivamente el PBI per cápita más alto del mundo, por sobre otros referentes como Estados Unidos, Bélgica, Australia, Reino Unido y Nueva Zelanda. En la actualidad, el PBI total de la Argentina la ubica en el puesto 21 a nivel internacional, por encima de países como Taiwán, Polonia y Suecia. Aunque el país pareciera no estar tan mal posicionado a pesar de décadas de crisis continuas, un análisis apenas más detallado es revelador del ocaso sufrido desde aquellas épocas doradas.

Según el Fondo Monetario Internacional, la argentina se ubica en el puesto 61 según su PBI a valores de paridad de poder adquisitivo per cápita sobre un total de 182 países indexados. Aunque continua bien posicionada en relación a la región, se encuentra apenas por sobre países como Maldivas, Bielorrusia, Gabón, El Líbano y Turkmenistán. Más grave aún en términos sociales, según el Coeficiente de Gini, comúnmente utilizado para medir la desigualdad social, mientras que en 1975 la Argentina se situaba entre los países más igualitarios del mundo no comunista de la época, en la actualidad el país se posiciona en el puesto 112. Esto lo ubica por debajo de países como Uganda, Haití o Gabón y apenas sobre otros como Angola, Zimbabue o Chad. En otras palabras, la Argentina no solo se ha empobrecido de forma relativa respecto del resto del mundo, también se ha vuelto mucho más desigual en el plano interno. No existe paralelo de este caso en todo el planeta.

Los argentinos nos enfrentamos de forma cotidiana a esta realidad de crisis continuas, desajustes macro y microeconómicos, desempleo e inflación. El valor relativo del dólar y las causas de corrupción ocupan de forma diaria las primeras planas y un sentimiento de inestabilidad continua suele ocupar a la mayor parte de la sociedad. El debate político y social en la Argentina, consecuentemente, se ha tornado atolondrado y lo urgente prima día a día por sobre lo importante.

Como ejemplo de debate ausente podríamos aludir al principal conflicto que se está configurando a futuro en el plano internacional, del que la Argentina no quedará apartado. Las tensiones entre Estados Unidos y China crecen a medida que la economía en constante expansión de esta última le permite expandir sus intereses geopolíticos y sus equipos militares. Según un estudio reciente de Graham Allison, analista internacional de la Universidad de Harvard, 12 de 16 ocasiones en las que una potencia en ascenso amenazaba con sobrepasar a una potencia establecida, finalizaron con una guerra hegemónica, sin límites en sus fines ni sus medios y con impactos para todo el mundo. Múltiples indicios marcarían que una guerra de este tipo no es solo posible, sino también probable en el mediano plazo. La Argentina, como país con fuertes relaciones con ambos actores, no quedará aislada del conflicto. Más aún, la construcción de una estación satelital china de comunicaciones en la provincia de Neuquén podría poner al país en un dilema estratégico difícil de salir en caso de una confrontación de este tipo. ¿Cómo se posicionará la Argentina ante el mismo? El debate es ausente. Vale la pena recordar que la falta de una política internacional clara, coordinada y con proyección a futuro durante las grandes guerras del Siglo XX han sido uno de los principales factores de la exclusión del país de la sociedad internacional durante varias décadas.

Por otra parte, el futuro de la automatización laboral también se posiciona como una fuente de preocupaciones futuras cuyo debate al respecto es escaso o inexistente en el plano político nacional. El constante descenso en los costos de las nuevas tecnologías ha creado incentivos para que los empleadores sustituyan la mano de obra humana por capital informático, haciendo que muchas fábricas, tiendas y restaurantes vayan por el camino de la robotización y la inteligencia artificial. Las estimaciones son variadas según la metodología utilizada pero, en promedio, se proyecta que prácticamente la mitad de los empleos de los países desarrollados corren riesgo de desaparecer en manos de la automatización. En países en desarrollo como la Argentina, donde gran parte de los empleos son repetitivos y de baja calificación, los números podrían ser aún mayores. La 4ta Revolución Industrial tiene claramente el potencial de elevar los niveles de ingreso y mejorar la calidad de vida. Sin embargo, el proceso de transformación sólo beneficiará a quienes sean capaces de innovar y adaptarse. ¿Cómo enfrentaremos este proceso y qué medidas debiera tomar el Estado para mermar su efecto sobre los más vulnerables? Más allá de la incorporación de estos temas en la agenda del G20, el debate a nivel de la política nacional y la sociedad en general brilla por su ausencia.

A estos ejemplos se suman los generalmente ausentes debates sobre la contaminación ambiental y el cambio climático, la problemática de la concentración urbana, el crecimiento poblacional descontrolado y otros futuros conflictos, como el que se desarrollará en años próximos sobre la soberanía de la Antártida, principalmente cuando venza el plazo de prohibición de explotación minera en el territorio. Se tratan todos estos de debates que debemos abordar no solo desde los círculos políticos, sino principalmente desde la sociedad, porque serán los resultados de éstos los que definan el futuro del país y las generaciones que lo habiten. Académicos, periodistas y formadores de opinión pública debemos hacer un esfuerzo por separarnos de las crisis cotidianas e instar a la población a pensar también en el futuro, un futuro que nos incluye a todos.

Este año el presidente Macrón de Francia anunció un paquete económico especialmente orientado al desarrollo de la Inteligencia Artificial para ubicar al país en las primeras posiciones de una carrera internacional que, según él, sólo tendrá ganadores y perdedores, donde los primeros se llevarán todo el premio. Mismo camino han seguido países como China, Corea del Sur y Alemania. Más aún, bajo la misma lógica, desde 2017 Emiratos Árabes cuenta con un Ministerio de Inteligencia Artificial, buscando posicionarse como otro agente de referencia en un campo que definirá el futuro económico y social del plantea y reposicionará a los ganadores de esta carrera como grandes potencias. Suecia es famosa por contar con un ministerio de Desarrollo Estratégico o, como le dicen ellos, el Ministerio del Futuro. Por su parte, hoy día la Argentina cuenta, al año 2018, con una Secretaría de Salud, una Secretaría de Trabajo y una Secretaría de Ciencia y Tecnología. Esto dice mucho sobre el país y su proyección. La pregunta de si estamos preparados para el futuro ya tiene por respuesta un no rotundo en las más variadas áreas. Pero la pregunta que se desprende de todo esto es todavía más preocupante: ¿Realmente queremos prepararnos? Por ahora los indicios parecieran apuntar hacia otra negativa.

Lautaro Nahuel Rubbi

Autor

Lautaro Nahuel Rubbi

Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE) - Lic. en Política y Administración Pública (UADE) - Posgrado en Seguridad Internacional, Desarme y No Proliferación (NPSGlobal) - Actualmente cursa la Maestría en Estudios Internacionales en la U. Torcuato Di Tella - Investigador y becario del CONICET - Lrubbi@estadointernacional.com

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