#Niunamenos (en el mundo)

Sin comentarios

Hace pocos días nuestro país fue protagonista de una marcha titulada “ni una menos” en alusión a la cantidad creciente mujeres que han perdido la vida a manos de sus parejas, padres o desconocidos. La convocatoria fue sorprendente, lo que demostró el compromiso de la sociedad con este tema tan sensible; pero la pregunta es ¿solo en Argentina existe esta violencia? O más general ¿solo en los países pobres y poco desarrollados los hombres perpetúan violencia contra las mujeres? A continuación, las respuestas.


Muchas veces se cree que en el mundo existen diferencias irreconciliables entre los ciudadanos que lo integran; esto no es así, tristemente existe una cuestión capaz de atravesar las más distantes creencias en el mundo: la violencia de género. La cultura occidental y la oriental, las democracias y los autoritarismo, el islam, el catolicismo y el judaísmo, los países desarrollados y los pertenecientes al tercer mundo, todos tienen en común la desigualdad de género que desemboca en la violencia contra las mujeres en sus más diversas formas. La violencia contra mujeres de todas las edades, alrededor de todo el mundo es probablemente la violación más habitual a los derechos humanos.

[Tweet «La violencia contra mujeres es probablemente la violación más habitual a los derechos humanos»]

Esto se debe a una creencia generalizada en todo el mundo que no solo asegura que el femenino es un sexo inferior, sino que posiciona a la mujer en el lugar de objeto, un objeto que se puede usar, que es propiedad del hombre. Un hombre golpea a su pareja en Argentina, un miembro de ISIS viola y vende a una niña de 12 años en Irak o un hombre viola a una mujer que caminaba por las calles de Madrid, porque de una u otra forma siente que tiene el derecho de hacerlo, que su condición de hombre le da la legitimidad necesaria para hacer de esa mujer lo que le parezca más apropiado en uno u otro momento, porque la mujer es eso, un objeto destinado a satisfacer los deseos del hombre, por decisión propia o en contra de su voluntad, eso es lo de menos.

Según Amnistía Internacional – basándose en la Declaración de la ONU – la violencia de genero es “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”, así, la violencia que sufre el sexo femenino puede tomar diversas formas según la sociedad en la que nos encontremos, desde violencia perpetrada por hombres a sus parejas o ex parejas, trata de blancas, explotación, principalmente sexual, violaciones y hasta mutilaciones genitales y casamientos forzados. A partir de un estudio de la Organización Mundial de la salud se arribó a la conclusión de que el 70 por ciento de las mujeres asesinadas en el mundo lo son a manos de sus parejas o ex parejas. Esta es la principal causa de muerte y discapacidad entre las mujeres de 16 a 44 años de edad; estos datos tiran por tierra la creencia Occidental sobre la relación que constantemente se hace entre la violencia de género y Medio Oriente, África o incluso las religiones, principalmente en este último tiempo el Islam. Cualquier persona promedio del mundo Occidental se horroriza al enterarse de las prácticas de diferentes tribus africanas de ablación de clítoris, o de la venta de esclavas sexuales en Europa o las atrocidades realizadas por grupos terroristas a las mujeres, pero no tienen la misma relación hacia una vecina o una amiga que es golpeada por su pareja, porque “no hay que entrometerse en otras parejas”; aun cuando la violencia familiar es la más habitual y generalmente la más impune. Esto da cuenta de la hipocresía que existe en la cuestión de género, que ha sido la base que ha permitido que esta diferenciación de sexo se perpetúe en el tiempo y no haya podido dejarse atrás como otras prácticas igualmente primitivas.

Cuando los Estados deciden enfrentarse en conflictos bélicos, la vulnerabilidad de las mujeres aumenta pero esto parece no importarle a nadie. Las mujeres y niñas son a menudo objetivo militar. Por otra parte, la gran mayoría de las personas refugiadas y desplazadas internas a causa de los conflictos, son mujeres y niñas. En estos contextos son violadas, secuestradas, mutiladas y esclavizadas sexualmente o como combatientes. La violación sistemática a las mujeres y niñas del bando enemigo ha sido utilizada como arma de guerra en los últimos conflictos tanto por ejércitos gubernamentales como por grupos armados. El caso del enfrentamiento entre Hutus y Tutsis en Rwanda es uno de los más emblemáticos en relación a la utilización de las mujeres como armas de guerra, durante el genocidio se calcula que fueron violadas aproximadamente medio millón de mujeres, con el macabro objetivo de ser contagiadas de sida y luego morir para que la tribu tutsi no pueda continuar reproduciéndose en el tiempo; además, estas mujeres son violadas nuevamente cada vez que el sistema internacional les da la espalda, aun hoy, y no se realizan programas de contención que sean capaces de ayudar a estas mujeres a superar ese terrible trauma, o facilitarle los medicamentos necesarios para transitar la enfermedad de la mejor manera posible. Además, otros organismos de Naciones Unidas han constatado que más de 60.000 mujeres fueron violadas durante la guerra civil en Sierra Leona (1991-2002), más de 40.000 en Liberia (1989-2003), hasta unas 60.000 en la ex Yugoslavia (1992-1995) y al menos 200.000 en la República Democrática del Congo desde 1998, solo por nombrar algunos casos. Esto fue posible porque, en un principio, se consideraba a la violación como un botín de guerra inevitable y hasta legítimo, no fue, sino, hasta 1992 con el conflicto en la ex Yugoslavia que el tema de las violaciones se llegó con más fuerza al Consejo de Seguridad para que en diciembre de ese año se incluyera a las violaciones entre los delitos de lesa humanidad. Luego se sucedieron diversas resoluciones pero que han sido insuficientes para terminar con el problema que aun hoy se replica en todo el mundo. Esto da cuenta, nuevamente, de la incapacidad de la ONU para dar una solución real y definitiva a las cuestiones internacionales de máxima importancia.

A pesar de que los gobiernos tienen una responsabilidad directa en la protección de las mujeres que son foco de violencia de género y que en la mayoría de los países se han intentado llevar a cabo diversas formas de combatir la violencia, lo cierto es que no se ha logrado mucho y los avances parecen nunca ser suficiente para las miles de mujeres que mueren en el mundo. Más aun cuando es necesario comprender que la solución no es crear más herramientas para que las mujeres “aprendan” a protegerse, a no caminar solas por la calle, a no vestirse de determinada manera porque así provocan a su violador o a no contradecir a su marido para que este no tenga un motivo para golpearla en repetidas oportunidades; la solución es crear una sociedad que sea capaz de respetar el papel de la mujer y no menospreciarlo, donde se comprenda que todos tenemos madres, hermanas, abuelas, amigas, una sociedad donde exista real igualdad de género y no sea necesario proteger a las mujeres cediéndoles, por ejemplo una determinada cantidad de bancas en el Congreso, los cupos femeninos en cualquier ámbito no son más que otra forma de discriminación, por paradójico que parezca, la solución a la violencia de genero se trata justamente de dejar de discriminar (en buen y mal sentido) por el género, para lograr así, la real igualdad.

[Tweet «Todos tenemos madres, hermanas, abuelas, amigas… #NiUnaMenos»]

El sexo femenino lleva un largo camino recorrido de lucha contra la desigualdad, y se ha avanzado mucho, las mujeres han adquirido una cantidad muy importante de derechos que le permite hoy, acercarse un poco más a la igualdad, pero no es suficiente; es necesario un compromiso del sistema internacional en su conjunto, reconocer que la violencia de genero no distingue nacionalidad, etnia, religión, ni clase social, para así poder establecer conjuntamente un plan de reeducación de la población mundial para poder decir que en todos los rincones del mundo no hay “ni una mujer menos” por violencia de genero.

Foto:Google

Julieta Agostina Martinelli

Autor

Julieta Agostina Martinelli

Lic. en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE)

Up Next

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.