¿Por qué no terminan los conflictos? El desafío imposible

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Una de las aristas desde las cuales debe analizarse la dinámica del sistema internacional del siglo XXI se sustenta, sin dudas, en una cuestión económica – con sus determinadas consecuencias en el plano político y social-: la dependencia del sistema económico mundial respecto del petróleo. A partir de este recurso energético, que impacta en todas las esferas de la economía y por ende repercute en las decisiones de política doméstica y exterior, los Estados y los demás actores del sistema internacional orientan sus cursos de acción, definen sus estrategias y concretan sus alianzas.

Desde el último tercio del siglo XIX, el petróleo es la energía primaria más importante del mundo. Prácticamente, todas las actividades económicas se sustentan en el petróleo, representando alrededor del 40% de las necesidades energéticas mundiales. Este tipo de energía, además, cuenta con diversas ventajas: es una fuente abundante, su extracción no es costosa, y es fácil de transportar. Sin embrago, supone un problema fundamental: es un recurso finito.

De esta manera, los Estados se vuelven dependientes del oro negro, energía que sirve para producir gasolina, plásticos, gasóleo de calefacción, productos medicinales, aditivos alimenticios, fibras sintéticas, maquillaje, pinturas, fertilizantes, caucho sintético, entre otros. En este contexto, y teniendo en cuenta que el sistema económico es global, entre todos los actores del sistema internacional – ya sean Estados, empresas, ONG’S, o incluso grupos de crimen organizado- ocurren transacciones económicas y de fondo está el gran asunto de la venta y consumo de petróleo.

Uno de los debates que se desprende de esta cuestión y que se preguntan algunos Estados es cómo articular intereses con un país o grupo de países que tiene posiciones contrarias en algunos temas pero de los cuales se depende energética y económicamente. Ejemplo de esta situación son los múltiples conflictos que se desarrollan en el norte de África y en Medio Oriente, desde la guerra civil en Siria hasta la radicalización de grupos islamistas y el gran problema del avance del Estado Islámico. En este contexto, cabe también cuestionarse la doble moral de los países occidentales, particularmente de EEUU, Francia y Gran Bretaña, pero también de Arabia Saudita, Qatar, Rusia, Turquía, Siria, Irán, Irak y ahora, incluso, China.

Sin ir más lejos, el Ei tiene en su poder importantes pozos petroleros que ha conquistado en los territorios de Irak e Irán. La tensión de las democracias es, por un lado, frenar la violencia irracional de este grupo islamita, dar a la sociedad la seguridad de que van a luchar y proteger a la sociedad y sus valores de libertad, tolerancia y convivencia, y por otro lado, no frenar las transacciones económicas que los benefician ni perder su status quo e influencia, particularmente en regiones geopolíticas estratégicas, como medio oriente y África.

EEUU, por ejemplo, enemigo declarado del ISIS, tiene fuertes lazos comerciales con Arabia Saudita. Este último, sin embargo, está sospechado de ser uno de los principales suministradores de recursos económicos para ayudar a los terroristas del Estado Islámico. Entonces, en este contexto, ¿es compatible el sistema económico mundial con los derechos humanos? La respuesta, a primera vista, pareciera ser un rotundo ‘No’.

El derecho internacional de los derechos humanos establece las obligaciones que tienen los gobiernos de tomar medidas en determinadas situaciones, o de abstenerse de actuar de determinada forma en otras, a fin de promover y proteger los derechos humanos y las libertades fundamentales de los individuos o grupos. Entre ellos se destacan el derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona, a no ser sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Estos derechos, defendidos discursivamente pero no en la práctica por muchos países democráticos, son ampliamente vulnerados en la búsqueda de los actores internacionales del recurso petrolero. Ejemplo de ello son los vínculos de algunas democracias con las monarquías del Golfo, o con países donde no se respeta la libertad religiosa, de las minorías étnicas o de las mujeres. Otro ejemplo, para algunos analistas, es el rol de Estados Unidos en la guerra en Irak, Afganistán y Siria, siendo Irak y Siria países con pozos petroleros, y Afganistán un espacio geopolítico estratégico para transportar y controlar el oro negro.

Entonces, con la economía mundial dependiendo del petróleo, ¿Cómo es posible que se solucionen los actuales conflictos dentro del sistema internacional? A saber: la guerra civil en Siria, el avance del Estado Islámico, la crisis de los refugiados, los vestigios de la anexión de Crimea, y la tensión creciente entre algunos grandes poderes. La respuesta pesimista a esta pregunta es: la solución está muy lejos de llegar. De hecho, no existe tal solución, puesto que cada actor involucrado en los conflictos mencionados – sean o no Estados- tienen intereses particulares que chocan entre sí, y no existe “la” solución como tal

En un escenario ideal, lo más deseable sería que la guerra en Siria llegue a su fin y que se encuentre una medida política a través de la cual se decida el destino del presidente Al Assad, de manera tal que dejen de morir miles y miles de civiles inocentes. En concomitancia con esto, es urgente también solucionar la crisis de los refugiados, sobre todo en el plano humanitario y en la disposición de infraestructura y de un sistema legal en Europa que los ampare, los eduque y los instruya. También, sería ideal desmantelar al ISIS y acabar con la violencia irracional que propaga en Medio Oriente, África y, en menor medida, en Europa.

Todas estas cuestiones demandan acción conjunta y planificación a largo plazo. Gestionar la crisis de los refugiados exige acabar con el Ei y con la Guerra en Siria. Ello a su vez requiere la puesta en acuerdo de los Estados involucrados, y gestionar estratégicamente el vínculo de cada Estado con otros actores importantes (como las empresas petroleras o los grupos de crimen organizado).

Sin embargo, mientras el sistema económico mundial siga sustentándose en el oro negro, difícilmente se solucionen los conflictos actuales, y difícilmente los derechos humanos se cumplan. La paz tendrá que esperar.

Delfina Alonso

Autor

Delfina Alonso

Licenciada en Gobierno y Relaciones Internacionales (Uade). Candidata para la maestría en Conflictos, Derechos Humanos y Cultura de Paz (Universidad de Granada, España).

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3 Discussion to this post

  1. Lamberti says:

    Muy interesante!! Felicitaciones!!

  2. Aldo Ríos says:

    Muy buen artículo, claro y conciso. Es importante aportar en cuanto a la caída del precio del petroleo desde el 2014 hasta la fecha, el más beneficiado es China, principal importador con 5 millones de barriles por día.

  3. Natalia says:

    Muy buen análisis

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