Rusia en Latinoamérica, en busca de recuperar lo perdido

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Barry Buzan en su texto “The United States and the Great Powers: World Politics in the Twenty-First Century”, entiende que una superpotencia debe poseer inherentemente las siguientes capacidades: un despliegue militar de categoría global, una economía lo suficientemente fuerte como para sostener ese poderío militar y un componente externo identitario asociado a cómo el resto de los Estados ven su posición. Éstas son las capacidades que pierde Rusia una vez que se disuelve la Unión Soviética a principios de los 90, viendo cómo descendía su status desde el de una “superpotencia” al de una potencia regional, sin siquiera pasar por el estadío medio de gran poder. Luego de que esto suceda, Rusia comienza la lucha por volver a asentarse como un gran poder en el mundo, buscando reafirmar sus componentes militar, económico y externo a través de un interés renovado por latinoamérica en el inicio del Siglo XXI, en donde pretendía desafiar la hegemonía de Washington.

Al analizar las relaciones diplomáticas entre Rusia y Latinoamérica tomando como punto de partida el texto de Stephen Blank y Younkyoo Kim: “Russia and Latin America: The New Frontier for Geopolitics, Arms Sales and Energy”, es posible identificar dos etapas en la política exterior rusa (especialmente hacia latinoamérica) luego de la caída de la U.R.S.S: una que refiere a los “años perdidos” y acercamiento a Estados Unidos (1997-2003), y otra que está marcada por el recupero de Rusia y una creciente política antiamericana (2003-actualidad).

En relación con la primera, ésta es comúnmente asociada con la disolución y la caída de la Unión Soviética a principios de los años 90, los cuales significaron el inicio de un duro período de reorganización interna para los ex-Estados socialistas. Se consideran “años perdidos” porque las relaciones diplomáticas entre Rusia y Latinoamérica (como también con cualquier otra región que no esté directamente asociada con el “primer mundo”) fueron prácticamente inexistentes. La política exterior de Rusia se limitó a simplemente intentar mantener relaciones cálidas con las administraciones de George H. W. Bush y Bill Clinton, siguiendo el punto que hacen Welch y Shevchenko en “Status Seekers: Chinese and Russian responses to U.S primacy” y buscando asentarse en el aspecto del componente externo que refiere Buzan: el ex-Estado soviético buscó adoptar valores e instituciones occidentales en un marco de “crisis de identidad” para ganar una posición de poder de acuerdo a la “movilidad social”. En relación a otro de los conceptos de Buzan, resulta claro que Rusia para revitalizar su componente económico necesitaba del apoyo de Occidente (y de Estados Unidos en particular) a las fuertes reformas económicas impuestas en la década de los 90 en el medio de una grave crisis financiera.

Las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos comenzaron a resquebrajarse con el ascenso de George W. Bush al poder, pero Moscú continuó mostrando guiños de acercamiento a norteamérica luego de los ataques del 9/11, con el gobierno de Vladimir Putin cerrando la estación de radares de Rusia en Cuba en 2001 y el centro de vigilancia radio-electrónico en Lourdes (también Cuba) en 2003. Las políticas amistosas entre Estados Unidos y Rusia duraron algunos años más de lo que probablemente lo hubieran hecho si no hubiesen ocurrido estos ataques, que obligaron a ambos Estados a mostrar cooperación en la lucha contra el terrorismo (Rusia, por su lado, había sido víctima de múltiples ataques terroristas a finales de los 90 durante el conflicto con Chechenia).

Luego de restablecer su economía y pacificar sus crisis internas bajo las duras reformas del gobierno de Boris Yeltsin y el ascenso de un hombre duro como Vladimir Putin al poder, Rusia se puso como objetivo definitivo el volver a ser un gran poder y poder participar nuevamente de las primeras filas de la política internacional con una política exterior mucho más tensa en relación a los Estados Unidos. Este cambio en la política exterior rusa se dió de acuerdo a dos razones: la recomposición económica, ya mencionada anteriormente, y en consecuencia a los distintos atropellos que sufrió por parte de los Estados Unidos durante su período de debilidad y bonanza diplomática (unilateralidad en invasión a Irak y financiación norteamericana a grupos armados en la zona de influencia rusa, por ejemplo). Es aquí cuando Rusia comienza a observar a Latinoamérica como una especie de “placa de petri” en donde podría insertarse e intentar desafiar la hegemonía de los Estados Unidos en su propio “patio trasero” para luego, de ser exitosa, poder trasladar ese desafío a una multipolaridad en el sistema internacional. Si bien el componente económico mostraba un signo de mejora muy prometedor, lo cierto es que Rusia necesitaba reafirmar su posición militar y “ganar” de vuelta el reconocimiento externo que alguna vez había poseído. Latinoamérica era el lugar ideal para esto.

Stephen Blank afirma que “el interés ruso por América Latina es proporcional al desinterés norteamericano por esta”, y con razón. Con el amanecer y el auge de los gobiernos populistas en latinoamérica a principios de la década de los 2000, surgió en la región una posibilidad de establecer lazos económicos y políticos con el bloque soviético (como así también con el chino). La década de los 90 fue vista con desprecio por gran parte de las élites latinoamericanas que sentían que las políticas impulsadas por Estados Unidos en el Consenso de Washington habían fracasado y la influencia anglosajona había sido el último detonante de los problemas económicos y de la inestabilidad política en la región. En este contexto, tanto Rusia que buscaba volver a asentarse como un gran poder y rivalizar la hegemonía norteamericana, como los países latinoamericanos, que buscaban avanzar su propia agenda política y réditos económicos, se sentían recíprocamente necesarios.

Para el año 2003 Rusia ya tenía diagramados sus objetivos de acuerdo a la región de acuerdo con el fin máximo de volver a convertirse en un gran poder: reafirmar su poderío militar a través del crecimiento económico que suscitaría de la venta de armas y la firma de contratos energéticos, y fortalecer el componente externo haciendo aumentando la presencia de Rusia instando a Estados Unidos a que choque con ella en los asuntos regionales. En los años consiguientes, Rusia vendió armas por billones de dólares a Venezuela y a otros países de la región, como Brasil y Perú. De acuerdo a Blank, la exportación de armas a Venezuela tenía también el objetivo estratégico de suplir de armamento a las FARC en su lucha contra Colombia (aliado norteamericano), mientras que, en el caso de Brasil y Perú, Rusia utilizaba la venta de armas como modo de disuasión a estos Estados para que se alejen de la influencia de los Estados Unidos. La exportación de armamento ruso alcanzó niveles considerables, con Rusia vendiendo un 15% de su total de exportaciones de armas a Latinoamérica en 2007 según datos del SIPRI (ver gráfico °1).

En materia de contratos energéticos, Rusia invirtió más de 21 billones de dólares en la extracción de recursos en Venezuela, adquiriendo también PDVSA en el proceso. También se mostró inclinado a participar de proyectos de energía en Argentina y en otros países de la región, buscando mantener su economía a través de la adquisición de derechos de explotación y extracción de recursos y préstamos a Estados “aliados”.

El período de cooperación entre Rusia y Latinoamérica llega a un impasse muy grande luego de la crisis financiera rusa de 2014 y el fin de (la mayoría) de los gobiernos populistas en latinoamérica para el año 2016. Rusia ya no poseía el tiempo ni el dinero necesario para invertir en la región como lo hacía antes, mientras que los nuevos gobiernos latinoamericanos veían a Estados Unidos y a China como una mejor oportunidad de recepción de inversiones. Las exportaciones de armas en la región que tan solo unos años atrás habían alcanzado niveles considerables representaron el 0% de las ventas totales de Rusia hacia el mundo en el año 2017 (ver gráfico °1). La Inversión Extranjera Directa rusa en Latinoamérica y el Caribe en 2016 fue de 10 millones de dólares, representando sólo un 0,0004% del total ruso en el mundo para ese año (27 billones de dólares) (1). Si bien hubo charlas en los últimos meses para que compañías rusas como Gazprom y Rosneft se encarguen de la extracción de petróleo en Vaca Muerta, lo cierto es que las inversiones energéticas solo continúan de pie en países como Venezuela y Bolivia, en donde se ubica el último séquito de los gobiernos populistas.

¿Qué balance puede hacerse entonces del trabajo que hizo Rusia en latinoamérica a lo largo de una década? En mi opinión, Rusia se ha consolidado en estos últimos años como un gran poder, a pesar de haber sufrido una recesión económica en los últimos años producto de las sanciones internacionales por el conflicto en Crimea y en Donbass. El dinero gastado en inversiones y los réditos de la venta de armas podrían llegar a verse traducidos en el incremento del gasto militar, aunque es difícil determinar cuánto de esto es gracias a la aventura rusa en el suelo latinoamericano.

SIPRI Military Expenditure Database

Al observar el componente externo es posible también argumentar que Rusia tiene los pergaminos necesarios para ser considerado un gran poder. Al entrevistar a ciudadanos de 25 países distintos, el Pew Research Center concluyó que un 42% de las personas afirmó que Rusia juega un rol más importante en la política internacional que hace 10 años, mientras que sólo un 31% dice aquello acerca de los Estados Unidos (2). Luego de los conflictos en Ucrania y Venezuela, Estados Unidos comenzó a tener más en cuenta las opiniones rusas en los distintos temas de agenda internacional, algo que no sucedía una década atrás.

En conclusión, si bien se suele catalogar a la andanza rusa en latinoamérica como un fracaso dado su estrepitoso final, en mi opinión no se puede negar lo positivo que terminó siendo para Rusia (y negativo para latinoamérica) en función de su crecimiento en la política internacional y en su búsqueda por volver a ser una gran potencia.

Gabriel Desimone

Autor

Gabriel Desimone

Alumno Lic en Gobierno y Relaciones Internacionales - UADE

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