Venezuela: De poder regional a “peligro nacional”

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Tal como explica Robert Cooper en “The breaking of nations” (2003), existen tres mundos interconectados en el nuevo orden mundial. Cada uno de estos es la evolución del anterior, pero esto no indica que haya una linealidad en el proceso de evolución ya que este no siempre es progresivo, es decir, se puede retornar a etapas anteriores ya superadas, y un claro ejemplo en la actualidad es Venezuela.

Durante sus años dorados, Venezuela demostraba ir en camino hacia un “Estado postmoderno” en términos de Cooper. Esta categoría de Estado se basa en la reconstrucción de una institucionalidad mediante la firma de tratados, con el objetivo de mejorar la integración regional. Asimismo, se buscó que las fronteras fueran más permeables y, por lo tanto, se tornaran borrosos los límites entre asuntos domésticos e internacionales. A su vez, se promueve la transparencia y la vulnerabilidad mutua, creando un entorno de cooperación y resolución de conflictos conjunto para amortiguar el impacto de la globalización.

Desde esta perspectiva es posible repasar los avances en la trayectoria integracionista latinoamericana, promovida por Venezuela, comenzando con la idea revolucionaria de Hugo Chávez y la Alianza Bolivariana para los pueblos Americanos (ALBA). La postura ideológica de Chávez, y de otros líderes latinoamericanos que compartían su visión, buscaba incentivar un alejamiento de la región de las políticas fomentadas por Estados Unidos, con enfoques antiimperialistas, de contrarrevolución neoliberal y la idea, se podría decir utópica, de llegar a conformar una “sociedad socialista del siglo XXI”.

En el año 2011, Hugo Chávez impulsó la iniciativa de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) para hacer frente al gigante del Norte. De esta manera intentó reducir su influencia en la región, creando este organismo para contraponerse a la conocida Organización de Estados Americanos (OEA), creada bajo la órbita de las instituciones norteamericanas. Por otro lado, también tuvo intenciones de posicionarse como “poder regional”, haciendo frente a Brasil. Para este propósito Chávez hizo uso de la estrategia de “creatividad social” (Welch & Schevchenko 2010), creando esta nueva organización donde tendría mas preeminencia y mejoraría su liderazgo regional.

En el año 2012 Venezuela se convirtió en miembro pleno del MERCOSUR, la organización más avanzada de Sudamérica en materia de comercio internacional. Progresivamente este organismo se convirtió en una Unión Aduanera, con la idea de lograr un mercado común sudamericano, al estilo Unión Europea (sistema posmoderno más desarrollado a nivel mundial). De esta manera se lograría un sistema transnacional, que ignora el trato supranacional y protege la soberanía estatal, pero con ciertas limitaciones. Guiado también por la estrategia de “movilidad social” (Welch & Schevchenko, 2010), su objetivo fue ser admitido en esta organización mediante acoplamiento.

Años más tarde, llegando a la actualidad del Estado venezolano, podemos observar cómo se desmorona la expectativa integracionista. Venezuela está sumida en una incesante crisis económica, política y social, que se fue gestando debido a diferentes políticas dogmáticas llevadas a cabo por el gobierno de Maduro. Estas llevaron al quiebre de absolutamente todos los intentos de integración anteriormente mencionados. Desde la propuesta bolivariana que fracasó totalmente, pasando por la disolución del UNASUR, hasta la reciente suspensión de Venezuela en el MERCOSUR, con un común acuerdo entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, debido al compromiso democrático que contiene su Carta Constitutiva.

Sin embargo, este quiebre no fue iniciado unilateralmente por Venezuela, sino que podemos observar un viraje latinoamericano hacia otro paradigma ideológico. Hacia gobiernos que son percibidos como de derecha, con un tinte más conservador en ciertos aspectos, y que se proclaman a sí mismos como una “nueva forma de hacer política”, repudiando y remarcando la corrupción como uno de los focos problemáticos de los gobiernos que los precedieron, y como antinomia del “populismo”, entendiéndolo en términos peyorativos. Este nuevo giro plantea la reducción del gasto como característica principal, con ministros de economía pro-mercado, reformas tributarias y previsionales, alineación ideológica con Estados Unidos, acompañamiento de élites empresariales, etc.

El rompimiento de lazos de integración regional, sumado a la galopante crisis existente, da cuenta de un claro retroceso sobre lo avanzado en la década en la que Hugo Chávez gobernó el país, hacia el Estado post-moderno. Y no solo esto, sino que por otro lado se produjo una caída en picada hacia un Estado pre-moderno, como consecuencia de la pérdida del monopolio de la violencia legítima y el control territorial.

Consideramos un “Estado pre-moderno”, en términos de Cooper, a aquel que no logra constituirse como Estado, con la característica principal, o la denominación básica de Estado que nos aporta Weber en “La Política como vocación” (1919)…“Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el territorio es un elemento distintivo) reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima”

En este sentido podríamos concluir que en Venezuela actualmente el poder no descansa sólo en el Estado como garante del orden dentro del territorio, sino que existe una contraparte opositora que también lo ejerce. Hoy día, si consultamos quién es el presidente de Venezuela, las respuestas van a cambiar dependiendo a quién preguntemos, y vamos a caer en una constante disputa entre legitimidad, derecho, apoyo y normas constitucionales. Por un lado, Nicolás Maduro como representante “legítimo” frente al pueblo (o solo una pequeña parte de este) chavista; por otro lado, Juan Gerardo Guaidó, reconocido como presidente encargado de Venezuela por más de 50 países, venezolanos emigrados y organizaciones internacionales.

Podemos observar que no hay un tira y afloje entre estos dos, sino que existe completa tensión en todo momento a causa de políticas contrarias. Mientras Maduro convoca una movilización “celebrando” la salida de Venezuela de la OEA; Guaidó, en paralelo, saca provecho al apoyo internacional en los foros de integración, y el repudio hacia el gobierno del dictador Maduro.

En esta puja entre quien detenta el poder, la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela conformada por líderes chavistas, continúa el enjuiciamiento contra el líder opositor, manifestando la suscitación de delitos graves y violentos que atentan contra el orden constitucional. En contraposición, Guaidó se arma de valor junto a alianzas internacionales para incrementar la presión contra el régimen de Maduro, exacerbando de esta manera el malestar y las paupérrimas condiciones que atraviesa el pueblo venezolano, y así lograr imponerse como líder supremo de la Nación.

Si bien nos encontramos en un sistema internacional de carácter anárquico, debido a la ausencia de un cuerpo supranacional que gobierne entre Estados soberanos, podemos decir que igualmente el sistema es protojerárquico, en tanto hay Estados con más peso en el sistema que otros.

Hoy los Estados Unidos de América se encuentran más cerca que nunca del territorio venezolano. En el día a día la opinión pública internacional discute la intervención o no de EEUU, considerando al mismo como un “salvador” para ciertos grupos, como el único que puede intervenir de manera efectiva para evitar el oscuro destino al que Venezuela se dirige de la mano de Nicolás Maduro. Aunque simultáneamente en América Latina sigue latente la lógica temeraria de poner fin a la dinámica, se podría decir que construida, del “imperialismo estadounidense”, una de las principales causas por las que se repudia la posible intervención militar de Estados Unidos.

Más allá del temor a la intervención de Estados unidos, el mismo, indiscutiblemente ocupa un rol hegemónico en el sistema internacional, y al igual que plantea Cooper, esa hegemonía de la que hablamos es totalmente voluntaria. Es decir, no es que Estados Unidos tenga una lógica imperialista, y más notorio aún con la era Donald Trump, sino que se quiera o no, los latinoamericanos optamos por recurrir constantemente a la ayuda del gigante del norte.

Hoy más que nunca, hay que guiar la acción de los Estados a la doctrina que Nicolás Maquiavelo llamó “Raison d`etat”, la cual plantea que las reglas morales individuales no son aplicables a la moral de los Estados, estos se deben guiar por reglas propias. De ser así, deberían guiar las acciones implementando un cálculo racional, de costo-beneficio, y dejar de lado doctrinas o ideologías rígidas, para poder pensar que es lo mejor para su pueblo.

En conclusión, Venezuela siendo un Estado moderno con ciertas características postmodernas, terminó desmoronándose sin escala en un Estado pre-moderno. Pasando de debatir temas internacionales con aspiraciones a convertirse en un poder regional, a discutir una agenda repleta de problemas domésticos.

Abril Canitrot

Autor

Abril Canitrot

Estudiante de Gobierno y Relaciones Internacionales - UADE

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